L’Alternativa 2025 (I): Popes del margen

Este año hemos conseguido nuevamente darnos un garbeo por L’Alternativa, el Festival de Cinema Independent de Barcelona, que llega a su 32ª edición y que siempre nos proporciona una programación completamente diferente a lo que vemos a lo largo de la temporada en cualquier otro lugar, haciendo permanente alarde de su nombre. Además, en esta edición se da el caso de que, pese a lo poco versados que estamos en la materia objeto del certamen, identificamos un puñado de nombres destacados dentro de su ámbito. Así que nos disponemos a intentar revisar lo nuevo de estos cineastas con la motivación extra del que ya sabe o intuye que va a ver algo interesante.

Para empezar, Cobre de Nicolás Pereda, un director del que todavía no habíamos visto ninguna película, pero que justamente el año pasado tuvo una ciclo dedicado en el Festival, que esquivamos cual esquiador profesional. La providencia ha hecho que este 2025 estrene película, y no sólo eso, sino que además acaba por ganar el Premio al Mejor Largometraje Internacional de la Sección Oficial. El contacto es fructífero: Cobre sigue a un minero que encuentra un cadáver de camino al trabajo y decide no reportarlo, tras lo cual solicita la baja médica para ocultar la situación. Lo que en una cinematografía más familiar sería la base para un thriller de tomo y lomo, se convierte en Pereda en el punto de partida para retratar un universo particular que parece suspendido en el tiempo y el espacio, con un protagonista lánguido a la par que enigmático, un relato que recuerda por momentos a Pedro y el lobo y la presencia de ansiedades que vienen de aquí y de allá pero cuya concreción tan sólo puede intuirse. Con una sugerente fotografía y un tratamiento austero de la puesta en escena y los personajes, Cobre destaca por una improbable mezcla de lo humorístico con lo telúrico. Esa potente e inusual amalgama, y una conclusión que rehuye cualquier tipo de certeza, es lo que nos hace decidir que seguiremos interesados por el universo de este director mexicano.

Continuamos explorando el programa y nos encontramos de repente con una nueva película de Pedro Pinho, que marcó la edición de 2017 (cómo pasa el tiempo) con su ganadora A Fábrica de Nada. Además de volver a proyectarla, se estrena en el festival O riso e a faca (La risa y la navaja), otra cinta mastodóntica, de tres horas y media de duración, que sigue la experiencia de un ingeniero portugués que es contratado para realizar el estudio de impacto ambiental de una carretera en la ex-colonia de Bissau. Como ocurriera en su anterior película, O riso e a faca parece sencilla pero conforme avanza uno se da cuenta de que no lo es. La urdimbre de personajes, lugares y temas empieza a cobrar vida propia conforme avanza, lanza cuestiones de calado aquí y allá, se pregunta sobre lo que es el progreso, la influencia post-colonial, las propias relaciones interpersonales y comunitarias… y, para desaliento del espectador y beneficio del arte, no ofrece respuestas claras ante ese bombardeo. Por mucho que sus secuencias discursivas (que podrían ser más y más densas, ya que el director confiesa tener en el armario una versión de cinco horas de la película) están alternadas con otras más ligeras, de pura sensorialidad, que pretenden hacer de cojín, a veces incluso éstas contienen una carga emocional y unas tensiones latentes tales que hacen que sea imposible despegarse de la proyección una vez acaba. O riso e a faca puede ser descompensada a ratos, puede dejar algunos cabos demasiado sueltos, pero se mantiene en la cabeza durante días, interpela nuestra visión del mundo y es una muestra palmaria del poder del cine como herramienta para remover conciencia y consciencia, con lo que se alza en una de las películas más contundentes del año.

Otro cineasta interesado en la cuestión de la consciencia en su vertiente más espiritual es Lois Patiño, cuya anterior Samsara se pudo ver también en L’Alternativa, si bien nosotros la recuperamos más tarde con sorpresa y gusto. Tras lo especial de aquella experiencia alrededor de la transmigración del alma, tenemos curiosidad por ver su juego metatextual alrededor de La tempestad de Shakespeare, así que nos plantamos en el Teatre CCCB para ver su nueva Ariel, en la cual una actriz desembarca en las Azores para interpretar el papel del título, encontrándose con que todo el mundo en la isla actúa como si fuera un personaje sacado de las obras del Bardo. La cinta deviene así un tour por este paisaje de tintes oníricos, que juega a la descontextualización humorística para hablar del propio artificio de la ficción y, en última instancia, entregarnos para nuestro disfrute su particular idiosincrasia. Aguanta la cinta, además del plantel liderado por Agustina Muñoz e Irene Escolar (el ente que parece dirigir el cotarro dentro de la función contínua y cotidiana de esta ficción), la estupenda fotografía de Ion de Sosa. De entre los hallazgos del tándem director-fotógrafo nos quedamos con una serie de encadenados que son sencillamente deslumbrantes. Puede que a Ariel le sobre lastre para lo que quiere contar, pero el uso de los tiempos internos, su belleza formal y la mezcla de lo mundano y lo ensoñado hacen que valga la pena emprender el viaje que propone.

Nos enteramos a continuación con gran disgusto de que, nada más comenzar el certamen, se agotaron las entradas para ver lo último de José Luis Guerín, Historias del buen valle, que parece seguir la senda de su ya lejana En construcción (2001). Nos viene a la memoria también su presencia hace unos años en L’Alternativa, cuando presentó la igualmente magistral La academia de las musas (2015) y no podemos sino sentir una tremenda frustración, ya que la suya era la película que esperábamos con más ganas de esta edición. Ojalá sea posible cazarla cuando se estrene oficialmente el año que viene.

Algo parecido nos ocurre con la clausura del Festival, Kontinental ’25. Entre que nos aclaran si tenemos o no acceso con nuestra acreditación, la sala se llena a días de la proyección y nos quedamos también sin ver la película de Radu Jude, la que hubiera sido nuestra oportunidad de entrar en contacto con el cineasta rumano, tras no atrevernos con su propuesta para Sitges, el artefacto destroyer que apuntaba ser Drácula. Queden anotados ambos títulos como otras dos muestras destacadas de la edición de este año, que ha acumulado un número inusitado de nombres populares para el cotarro que aquí se forma.

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