Americana 2025 (III): Más allá de USA

Cuando pensamos en el Americana, lo primero que nos viene a la cabeza es el cine estadounidense, algo completamente natural ya que es el que ocupa la mayor proporción de la programación y de cuya imaginería se nutre el Festival. Pero, a poco que rasquemos, nos daremos cuenta de que hay una corriente alternativa en la parrilla, cuyas propuestas cuelgan como ramas de esa columna vertebral, y que se compone de un puñado de películas que provienen del sur mexicano o del norte canadiense, o que por su género están ambientadas en terrenos diversos, o que hacen trampita y, pese a tener firma y financiación norteamericana, se sitúan en terceros países de cualquier lugar del globo. Y, curiosamente, son estas propuestas las que vimos agrupadas en nuestras primeras jornadas del festival, y las que hemos dejado para el final, como cierre a este pequeño círculo que hemos trazado sobre la edición de este año.

Para empezar, tenemos Harvest, una suerte de ucronía que no especifica su ubicación espacial ni temporal pero que, si tuviéramos que apostar, asociaríamos a la Escocia del siglo XVII-XVIII. Y no es que presente un elemento fantástico evidente, pero parece tener una voluntad de desarrollar cierta estética propia a través de detalles en el diseño de producción, el vestuario y la historia, que le permitan explorar su mundo sin ligarse a la rigurosidad histórica (o tal vez somos sencillamente ignorantes del contexto que retrata). Ello aporta a la película un aire de fábula que mezcla elementos de diferentes fuentes para crear su ecosistema feudal, en el que unos lugareños que habitan unas modestas tierras de labranza comienzan a vislumbrar los cambios que se avecinan conforme llegan las nuevas formas de la ciudad. Caleb Landry Jones lidera el cásting de la película, adaptación de una novela del mismo título, y que cuenta con la fotografía del favorito del festival Sean Price Williams (cuyo trabajo valoramos por partida doble el año pasado gracias a The Sweet East y What doesn’t float). Sin duda, su trabajo contribuye a generar ese halo cuentístico que envuelve la película, que alterna la belleza de los paisajes con la suciedad de la vida de las clases bajas, las situaciones guiñolescas con la gravedad de los conflictos subyacentes. Hay algo del planteamiento de la directora Athina Rachel Tsangari que nos hace recordar también a la comunidad agrícola de Lazzaro feliz (Alice Rohrwacher, 2018) y, en definitiva, Harvest se configura como una pieza contemplativa, quizás un tanto arrítmica, pero también muy estimulante, que acaba llevándose el Premio del Jurado de la Crítica.

Entonces, de repente, nos trasladamos al presente en la cordillera del Himalaya. Y, una vez allí, en vez de centrarnos en la monumentalidad de los paisajes o la espiritualidad que transpira su mitología y su energía telúrica, nos dedicamos a contemplar lepidópteros nocturnos. Es lo que plantea el tercer documental que hemos visto en esta edición, Nocturnes de Anirban Dutta y Anupama Srinivasan, y que acompaña a una investigadora que analiza las poblaciones de polillas a diferentes alturas para tratar de entender su distribución y el impacto que puede tener el cambio climático en estas especies. Con espíritu observacional, Nocturnes no pretende desarrollar su narrativa más allá del retrato de unos profesionales cuyo objeto y métodos de estudio puede chocar a los ajenos a las prácticas científicas, e invita a dejarse llevar por la fascinación que provoca de manera natural la biodiversidad que se esconde en cualquier rincón del planeta. La película tiene un tono marcadamente atmosférico y demanda del espectador que se sumerja en su mundo de aleteos, colores y horas dedicadas a la espera y la observación. Y tal vez, de alguna forma, de ahí emerge otro tipo de monumentalidad y de espiritualidad cuya escala se mide con parámetros distintos.

Y para acabar, hemos dejado la que tal vez ha sido nuestra preferida de esta edición, Comme le feu de Phillippe Lesage. Llegada desde Québec, se trata de un drama de dos horas y media (como para pensárselo), que comienza con una familia que va a pasar unos días a la casa de bosque de un viejo amigo del padre. Los acompaña el colega de uno de los hijos, que se va a ver irremediablemente atraído por la joven hermana de su amigo. No es raro pues que, por momentos, recordemos la magnífica Falcon Lake (Charlotte Le Bon, 2022), que vimos aquí hace un par de años. Pero la cosa irá tomando derroteros propios a medida que se suceden los encuentros y desencuentros entre los recién llegados y los distintos visitantes del lugar, y se desarrollan las conversaciones, discusiones y secretos más o menos escondidos de algunos personajes. Resulta muy interesante cómo la película se va construyendo sin que apenas nos demos cuenta y, si bien hay momentos conforme avanza, y a la vista de su extensión, en que nos preguntamos hacia dónde va, lo cierto es que cada vez nos responde al poco desgranando un nuevo aspecto de sus personajes, revelando una nueva circunstancia, planteando otro pequeño conflicto… que renueva nuestro interés. Y, pasito a pasito, va materializándose un mosaico de relaciones y un retrato de las ansias, conflictos y contradicciones masculinos que resulta fascinante. La protagonista escondida de la función es la estupenda Aurélia Arandi-Longpré, el objeto de deseo del personaje principal, interpretado con atormentada verdad por Noah Parker. Comme le feu es, en definitiva, una película que se va desgranando y descubriendo sobre la marcha, dirigida con gran confianza caligráfica y sensibilidad contemporánea por Lesage, que atrapa y se mantiene en la cabeza tiempo después de haberla visto.

Y así es como se mantiene también con nosotros el Americana y como os lo dejamos a vosotros hasta la próxima ocasión.

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