Situémonos en la una de la madrugada a las puertas del Hotel Melià. Es la hora de comienzo de una maratón, pero aún no hemos empezado a entrar a la sala. Tras media hora de espera, la cola se mueve. Después vienen las múltiples presentaciones. Luego, dos cortos no tan cortos. Para cuando empieza el primer largo de tres, son las dos y media. A ver quién es el guapo que aguanta la sesión entera. Pero habíamos venido a sufrir, así que no vale la pena darle muchas vueltas. La nit més freak se plantea interesante este año. En el aperitivo, vemos Drizzle in Johnson, una animación que por lo visto escandalizó en Annecy. Evidentemente, se debe a que no están acostumbrados a la escatología y el contenido sexual como el público de este festival. El corto es un viaje histérico y psicodélico, realizado en animación 3D y reminiscente de los vídeos más grotescos que se pueden encontrar en YouTube. Una alucinación a la que no hay que darle demasiadas vueltas, al menos en un primer visionado, y que se puede disfrutar bastante si se mira desde el estómago (mientras no lo tengan muy delicado).
Luego llega otra animación, más convencional en su diseño, con Spermageddon de Rasmus A. Sivertsen y el conocido del festival Tommy Wirkola (de Zombis nazis -2009- en adelante). La cosa va de Érase una vez… la vida pero centrada en las andanzas de unos espermatozoides que viven alegremente dentro de los testículos de un adolescente y que sueñan con cumplir la misión para la que nacieron. Como se podrá imaginar el lector, no lo tienen demasiado fácil… Mucho chascarrillo, chistes obscenos y tono muy ligero, pero en general con bastante salero. El estar combinado con la estructura y recursos habituales de las películas para niños le da un punto más gamberro, pero también le resta sorpresa. Y después está la mojigatería de basar el guión en un continuo diálogo sobre el sexo y sus prolegómenos, para después evitar por todos los medios mostrar un sencillo desnudo. Pese a la ocurrencia, al final Spermageddon se queda un tanto descafeinada…
La que juega a fondo en una liga de equipo único es Las motosierras cantan, del estonio Sander Maran. Tan solo el título ya pide a gritos programarla en estas sesiones de madrugada, y es lo más cercano que hemos estado de volver a sentir lo que experimentamos en su día con el Mal gusto de Peter Jackson (1987). Esta producción de andar por casa sigue patrones similares en cuanto a su amateurismo, desde el tiempo de desarrollo hasta la estética y las ganas de divertirse a toda costa. El resultado es evidentemente descompensado, pero con un humor tontorrón, efectos especiales cutres, números musicales socarrones, dosis (no tan grandes) de sangre y un desenfado tan sincero que encandila. Su único defecto es ser a todas luces demasiado larga -¡ya lo habían avisado sus propios artífices en la presentación!- y, aún así, es posible que si no estuviéramos alrededor de las cinco de la mañana, no nos pareciera tan grave.
La cuestión es que la decisión de programar las proyecciones en orden inverso a nuestros intereses hace imposible en la práctica que nos quedemos a ver la última película de la maratón, Frankie Freako, lo nuevo de Steven Kostanski (El vacío -2016-, Psycho Goreman -2020-), así que enfilamos hacia el apartamento cuando ya casi comienza a despuntar el alba, pensando divertidos si, en un alarde de desajuste organizativo, hoy empezará con retraso hasta la sesión despertador.
Los días del fin de semana se mezclan entre ellos por arte y gracia de estos horarios de manicomio, y decidimos no volver a las salas principales hasta bien entrada la tarde (lo cual no nos impide acabar cayendo en las redes de Lucio Fulci en la sección Brigadoon, echando un ojo a la interesantísima Luca el contrabandista -1980-, que para más inri viene a presentar su protagonista, Fabio Testi, que este año recibe premio por parte del Festival).
Es entonces cuando tomamos contacto por primera vez con el cine del catalán Marc Recha, director que trabaja desde hace muchos años en los márgenes de la industria, pero que ha conseguido sacar adelante sus proyectos de manera consistente desde principios de los noventa. Presenta en Sitges Centaures de la nit, una cinta bastante inclasificable, rodada en el Monasterio de Poblet, llena de intérpretes ciegos -gran parte del equipo acude a la puesta de largo de la película, que se presenta con posibilidad de audiodescripción- y con un aura meditativa que está claramente contraindicada para trasnochadores. Da gusto encontrarse con esos diálogos de densidad teatral, que parecen operar a varios niveles, con la voz profunda de Lluís Soler en el centro de la narración, la fotografía en blanco y negro que remite a una época indeterminada (si bien sabemos que son los sesenta) y que evoca en sus mejores momentos a Dreyer… Todos los elementos de la película le dan un misterio muy particular, y sin embargo la experiencia puede resultar notablemente árida, con un tempo lánguido, que no admite concesiones, y que a la vez le otorga una fuerte impronta personal. Es sin duda una propuesta interesante, que cuesta de descifrar con un solo visionado, y que sin embargo no todo el mundo estará dispuesto a revisitar.
La guinda del pastel la pone la película que todo el mundo espera este año, La sustancia de Coralie Fargeat. Con las expectativas generales por las nubes, entramos muy prevenidos para intentar valorarla en su justa medida. Por no desvelar mucho de la trama, Elizabeth (Demi Moore), tiene problemas para mantener su carrera en la televisión con su actual edad, y descubre la forma de mantenerse en el candelero gracias a la joven y atractiva Sue (Margaret Qualley). La sustancia no deja de ser una nueva visión sobre El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde junto con El retrato de Dorian Gray, lo cual es sin duda estimulante. Fargeat no esconde sus cartas y tiene habilidad para generar imágenes potentes, mantener la intensidad de su película en cotas muy altas durante prácticamente todo el metraje y articular una trama con sus propias capas alrededor de los temas de la belleza, la vejez, el show business, la autoestima… Sin embargo hay dos cuestiones -que tal vez son una misma, y quien haya visto la cinta captará la ironía- que le impiden llegar más lejos en su propuesta. La primera es el tono desaforadamente guiñolesco de la película, en que todos los elementos están tan exagerados que lo inquietante y terrorífico se convierte por momentos en cómico y estrafalario; algo no necesariamente negativo per se, pero que a la vista de las intenciones que parece plantear la directora, hacen pensar si transmite de forma efectiva lo que quiere decir, o si se está quedando en un artefacto meramente efectista. La segunda es la ausencia casi absoluta de personajes: cada humano que aparece en pantalla es un único rasgo andante y cuesta mucho percibir un alma tras esa fachada caricaturesca que apuntábamos antes; incluso la protagonista tiene dificultades para salirse del cliché (una escena en concreto apunta una vía para alcanzar esa necesaria humanización), no hay profundización alguna en su psique, no se exploran sus relaciones, no se sale en casi ningún momento, en definitiva, de lo que es estrictamente trama, trama y trama. Pudiera parecer llegados a este punto que la película no es buena, pero se trata más bien de poner un poco en contexto el fervor ciego con el que se ha recibido una cinta a la que, como mínimo, cuesta atribuirle el Premio al Mejor guión que consiguió en Cannes. Quedan, eso sí, los ecos a Cronenberg, Tsukamoto y demás popes del horror corporal, la absoluta entrega de sus dos protagonistas o la potente apuesta estética de la directora -que esta vez sí, honesta y encomiablemente, no rehuye la exposición del cuerpo cuando la historia que cuenta lo pone precisamente en el centro. Pero nos permitirán decir que La sustancia está lejos de ser la obra maestra que todo el mundo cacarea y que, navegando a contracorriente, diremos que no entraría siquiera en nuestro top 5 de esta edición.





Pingback: Selección de estrenos: mayo 2025 | PlanoContraPlano
Pingback: Crónica Sitges 2025 (IV): Elegidos para la gloria | PlanoContraPlano