Crónica Sitges 2023 (IX): Cosas que recuerdan cosas

Ya le vamos viendo las orejas al lobo (siendo el lobo el final del festival) y este segundo viernes de certamen hemos hecho un par de reajustes en nuestra agenda para tratar de llevarnos la mejor impresión posible de estas últimas horas en la costa del Garraf. Nos falta el empuje para ir a ver de buena mañana la última de Hideo Nakata, Juego prohibido, por más que The Ring (1998) siga siendo, a día de hoy, una de nuestras películas de terror favoritas. Parece que la cinta ni molesta ni entusiasma a los que la han visto, más o menos como preveíamos, si bien hubiéramos preferido oír que era la vuelta del mejor Nakata. Quién sabe, tal vez la próxima…

Mientras tanto, nosotros apostamos por Riddle of fire, ópera prima del americano Weston Razooli, que dicen encandiló al personal en la Quincena de los Realizadores de Cannes (referencia al entusiasmo de Tarantino incluída). El propio artífice está aquí para presentarla, con cierta pose de estrella desgarbada, y habla de cómo ha rodado su historia en los paisajes de la América profunda en la que creció. Así, Riddle of fire es una aventura infantil y veraniega, rodada en unos aparentes 16 mm, de fotografía terrosa y con un trío protagonista que destila frescura, mezcla de la edad y de la capacidad de los cineastas para mantenerla viva en el rodaje. La historia resulta simpática, presentando a unos niños que todavía conservan una visión mágica del mundo y que se embarcan en una aventura tan prosaica como la de desbloquear el código parental de la tele. Para ello, emprenderán todo un viaje por el condado en pos de una tarta con la que obsequiar a su madre. La película funciona encomiablemente en su primer tramo, mientras uno va haciéndose a esos pequeños, mitad repelentes mitad entrañables, y disfruta de una ambientación que consigue aunar el presente con un tono de fábula propio de edades pasadas. Pero también ocurre que, conforme avanza, empieza a resultar demasiado insistente en su planteamiento y hay tal determinación porque todas las situaciones y diálogos en que participan los jóvenes actores cautiven a la audiencia que acaba por agotar. Una trama muy sencilla se transforma en una película de dos horas, y ese realismo mágico comienza a parecer diseñado para ganar el Festival de Sundance (tal vez sean secuelas de triunfos como el de Bestias del sur salvaje -Benh Zeitlin, 2012-). Al final, es una lástima que Riddle of fire se gaste a si misma convirtiéndose en un producto para hipsters nostálgicos. Con todo, conseguirá una Mención especial del jurado en el palmarés…

Como decíamos, hemos intentado optimizar nuestra experiencia en este último par de días y, por lo tanto, no hemos podido evitar caer en la tentación de asistir a una nueva proyección de Mad God, si bien hace tan solo dos ediciones que la vimos aquí mismo. Pero esta vez a los organizadores les ha dado por entregar el Gran Premio Honorífico a su director, Phil Tippett, así que tocaba fichar. Lástima que, más allá del galardón, sólo hayan agasajado al maestro de los efectos especiales con una proyección única de su largometraje en la sala más modesta del certamen, la Tramuntana. Siquiera una sesión en el cine Prado, ese que tanto gusta a los invitados cuando ven su decoración clásica y su aire añejo, hubiera parecido más adecuada para la ocasión… En cualquier caso, no vamos a volver a hablar de la película, porque ya lo hicimos en su día; pero no huelga decir que sigue siendo tan fascinante como en su primer visionado, y pasamos a considerarla una de las pocas auténticas obras maestras que se han realizado en los últimos años. Es interesante, por otra parte, oír hablar al viejo de Tippett en el coloquio posterior a la sesión -si bien es algo parco en palabras, en contra de lo que nos dicen sobre la recogida de su premio, en la que por lo visto explicó la Biblia en verso- y reconforta saber que se siente satisfecho con el largo proceso que supuso armar la película, al punto de afirmar que no podría haberla realizado antes de los 60, porque no se consideraba lo suficientemente maduro. Un trabajo, pues, que si bien le ha costado media vida, parece realmente la culminación de todo un viaje introspectivo y de descubrimiento, sin duda tan apasionante como oscuro. También entender un poco más sobre la filosofía tras la construcción de este magnus opus, haciéndose manifiesta por parte del autor la intención de apelar al subconsciente y de trabajar cada imagen con la idea de llenarla al máximo de información, de manera que los planos se pisen inmediatamente los unos a los otros, recreando así las sensaciones propias de un sueño, en que cada situación anula a la anterior, generando una experiencia que amalgama imágenes y sonidos, y en la cual cuesta percibir cómo y por qué hemos llegado de A a B. Ya ha quedado claro, pero lo volvemos a repetir: con Mad God, Phil Tippet ha creado nuestra mejor pesadilla.

Y en esas que completamos la jornada con uno de los clásicos del Festival: Takashi Miike que, si bien ha tenido una presencia menos destacada en el certamen en los últimos años (no ayuda que haya estado haciendo live actions de magical girls a gogó), ya se ha personado aquí en otras ocasiones. Está claro que le tiene cariño a Sitges, y no hablamos sólo de sus anteriores declaraciones, o de cuando vino aquí a rodar su adaptación de JoJo’s Bizarre Adventure, sino que esta vez ha escogido la población catalana para el estreno mundial de su última película, Lumberjack the Monster. Se trata de un thriller orientado al gran público, adaptando una novela sobre un psicópata que empieza a ser asaltado por otro asesino, dando así arranque al misterio sobre quién ha matado a quién, cuándo y por qué. El juego de identidades, el desarrollo de personajes y las escenas de acción y violencia funcionan sin baches, en una pieza en la que se nota la veteranía del japonés. Si bien seguimos echando de menos las propuestas más personales con las que enamoró a toda la audiencia del festival tiempo ha (¿el mismo efecto Nakata?), su último trabajo resulta mucho mejor que otros intentos del estilo, como Laplace’s witch (2018) o Shield of straw (2013). Podríamos situarlo pues en su ‘gama media’ -una categorización un tanto despreciable, pero que los habituales entenderán cuando hablamos de una filmografía tan extensa, variada e irregular como la de Miike. Salimos contentos de haber visto una historia bien armada, de cuidada puesta en escena y que, si bien no aporta grandes innovaciones y tiene un final demasiado discursivo, se guarda algún que otro as en la manga, además de contar con una muy disfrutable interpretación de su protagonista, Kazuya Kamenashi. Ya lo decíamos el otro día, tenemos buenas vibraciones respecto del futuro próximo del cine japonés. Veremos si se cumplen. Por el momento, si todo el cine comercial tuviera este nivel, nos podríamos dar con un canto en los dientes.

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