Érase una vez en… Hollywood

Puede que Érase una vez en… Hollywood sea lo penúltimo (si no lo último) que veamos en cine de Quentin Tarantino. Un personaje -porque trasciende la mera figura de director- que es, a su vez, de los últimos cineastas estrella que conservan la capacidad para atraer al público a las salas en cantidades suficientes como para mantener su estatus intocable. Y que consigue también no decepcionarle nunca. Se trata de un cóctel improbable de personalidad arrolladora, seguridad en sí mismo, entusiasmo, tiempo de preparación, absoluta libertad creativa y medios para concretarla en sus películas. Y la mezcla vuelve a producirse, y vuelve a funcionar una vez más en este cuento sesentero que viaja a la raíz de sus pasiones.

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El invento no es sencillo: puede que esta sea (aún manteniendo la linealidad) la película más deslabazada de Tarantino, la que menos se preocupa por contar una historia. Y ello a la vez no impide que se permita mantener el ya habitual abultado metraje. Hay, como decíamos, una total confianza en los ingredientes: la reproducción de un Hollywood ahora olvidado pero lleno de encanto, el carisma de unos Leonardo DiCaprio y Brad Pitt en plena madurez interpretativa, o la inocente presencia de una Margot Robbie cuyo final no se prevee precisamente idílico. Y puede que en algunos momentos uno se pregunte, si no está plenamente inmerso en el fresco que le propone el director, hacia dónde va todo aquello. Qué hay tras todo el relumbrón (porque no hay que llevarse a engaño: más allá de alguna solución menos fina de lo que cabría esperar, desde la misma apertura la cinta está plagada de planos estupendos e ideas fílmicas maravillosas que dejan a la altura del betún al 90% de la cartelera).

Pero ocurre que, poco a poco, todo va recolocándose, cayendo en su sitio. De repente se percibe el hilo invisible que une las historias del actor en horas bajas Rick Dalton, el eterno doble y chico para todo Cliff Booth, y la posible pero incierta promesa de Sharon Tate. Cómo el entorno se ha ido insuflando de vida, cómo los detalles, aunque sean nimios, construyen de forma decidida la experiencia de la película… Porque ésta pretende ser, ante todo, una experiencia, y también un despreocupado pero certero dibujo de personajes.

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Así, puede que Érase una vez en… Hollywood sea la película más sutil de Tarantino. Se aleja de la trama de venganza que ha centrado toda la segunda etapa de su filmografía, prescinde por completo de los diálogos afilados y los monólogos brillantes y efectistas que le hicieron saltar a la fama. Y, sin embargo, es tanto o más Tarantino que todas ellas. Está trufada de referencias a la cultura popular, a sí mismo, y de cameos de viejos amigos. No faltan los momentos extravagantes, los golpes de humor sui generis, la velada pero nuclear mezcolanza de géneros. Y, ante todo, practica una revisión del pasado que se describiría más ajustadamente como devota que como nostálgica. Por eso es embriagadora y no estomagante. Y por eso Érase una vez en… Hollywood es la película más sentimental del director, la más conmovedora, y la que consigue que queramos compartir con él el universo en el que vive. Que la Meca del Cine fuera así, que el sabor del pasado fuera el del presente, que la ficción, en definitiva, fuera la realidad… Y esa es la pura esencia del cine. Una vez más, lo ha conseguido. Y, si fuera la última, habría valido la pena.

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