The old man and the gun

Parece que cuando ciertas estrellas de cine llegan a la vejez, existe un impulso irrefrenable a construirles una obra a medida que capture su carácter, que transpire cierta autorreflexión sobre su carrera, que cierre el círculo, en definitiva. Y así se genere una especie de monumento mortuorio al talento y carisma del artista de turno. En esta ocasión el ‘homenajeado’ es Robert Redford que, con The old man and the gun, se despide de la actuación tras medio siglo frente a las cámaras; y el encargado del traje ha sido David Lowery, que sorprendió a propios y extraños el año pasado con A ghost story.

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En The old man and the gun Redford interpreta a un atracador fugitivo que rebosa encanto y galantería. Que, pese a su edad, no puede resistirse a continuar haciendo lo que mejor se le da y con lo que disfruta, aunque en ocasiones sea a su propia costa. Forrest Tucker (basado en un personaje real) es un vividor pero también, irremediablemente, un solitario, lo que le confiere una evidente aura romántica. Un papel ideal para alguien como Redford, con esa fama de espíritu libre y seductor, que aquí se dirige hacia el ocaso cual llanero solitario. La cuestión es que, a veces, esa intención de proyección del personaje que se ha formado el actor sobre el personaje de la historia es tan prevalente que llega a molestar. Lowery, un cineasta en ocasiones obsesionado por lo estiloso (algo que transpiraba incluso en su personalísima anterior película), se vuelca en la presentación de unos años setenta vibrantes, que se mueven a ritmo de jazz y viven al día, en consonancia con su protagonista. Y lo alterna con otros momentos en los que prima la pausa y la reflexión sobre el paso del tiempo y la manera en que decidimos vivir nuestra vida. Pero esta alternancia no acaba por formar un conjunto armónico.

En sus mejores momentos, el beat fílmico de Lowery recuerda al Steven Soderbergh más festivo, pero en ocasiones (tal vez empujado por la acuciante necesidad de convertir la cinta en un homenaje a su estrella) parece más un puro postureo. Y es que cuando ataca su vertiente más reflexiva, tampoco se decide a sacarle todo el jugo. Se mezclan entonces los tonos, y dan como resultado una película que transita entre lo certero y lo superficial. The old man and the gun encuentra lo mejor de sí misma cuando deja entrar a sus secundarios, Casey Affleck y Sissy Spacek (sin lugar a dudas lo mejor de la función), y les regala dos momentos con el bueno de Tucker que son lo más auténtico de la cinta, cuando realmente transpira la verdad del protagonista. Durante el resto del metraje, nos queda ver a un Redford que, pese al carisma innato que posee, despista con sus operaciones de cirugía estética. Es una cara que no reniega de la arruga, pero que lleva sin duda diversos retoques encima; el más desconcertante de ellos el de la boca, del cual cuesta apartar la mirada. Ésto, que puede parecer a primera vista un apunte frívolo y superficial, puede que refleje también la naturaleza verdadera de la película. Y a pesar de todo, en medio de su autocomplacencia, The old man and the gun es capaz, por momentos, de complacer también al espectador. Porque quien tuvo, retuvo.

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