Viudas

Decía Steve McQueen que quiso esperar a hacer su siguiente película a estar seguro de que podía volcar en ella toda su energía. Así, cinco años después de su anterior largo –Doce años de esclavitud-, el también videoartista nos entrega Viudas, una película de atracos que respira, en efecto, verdadera fuerza y un aire eminentemente personal. Porque si bien McQueen se basa en una miniserie británica de los ochenta, enseguida se percibe que la ha hecho suya, que la ha pasado por sus filtros formales y ha modelado su narrativa para llevarla a su terreno. Y así nos encontramos con el grupo de mujeres protagonistas que, tras la muerte de sus maridos, acaban heredando el robo que aquellos dejaron sin hacer.

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A lo largo de la trama de Viudas pululan tejemanejes políticos, se escrutan un buen puñado de comportamientos tirando a miserables, y se atisban incluso algunos apuntes raciales y de género. Y por ahí es tal vez donde el director podría resbalar con cierta facilidad, porque estamos en época de incidir de manera burda en el comentario social que toca en cada momento, en ventilar cuestiones de calado con discursos maniqueos y lapidarios. Pero McQueen es más listo que eso, y bordea dichos temas con ciertas dosis de humor, cinismo y sin escatimar tortazos contra sus personajes. Aquí no hay angelitos, y si existe algún villano que roza lo caricaturesco, sirve precisamente para romper con las expectativas del biempensante despistado. Nadie se libra, en definitiva, porque ya sabemos que el autor no es persona complaciente con la sociedad ni con el individuo -ni siquiera con el que forma parte de su audiencia.

Pese a todo, en este caso la sangre no llega con toda su fuerza al río, ya que Viudas no deja de ser en esencia cine de atracos, y al final termina por priorizarse siempre lo que es verdaderamente importante para la película: el drama personal, el suspense, el avance de la historia. En definitiva, puede que Viudas tenga algún giro de la trama un tanto forzado, o que no siempre sea del todo sutil (y no hablamos aquí del explosivo uso de la violencia, que tiene una fuerza visual y dramática innegable); pero uno puede apreciar cómo cada plano ha sido estudiado con mimo (hay movimientos y ángulos de cámara que son ya parte de la filosofía del director), cómo resulta lo suficientemente ambiciosa para tocar muy diversos palos, y lo suficientemente centrada como para no descarrilar por el camino. Y, ante todo, es segura de sí misma, rotunda, intensa y entretenida; lo que querríamos esperar de más suspenses.

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