Todo el dinero del mundo

Que Ridley Scott tiene, a sus 80 años, una energía torrencial, no puede negarlo nadie. Vive para las películas y no le asustan los grandes presupuestos ni las exigencias físicas que le imponen sus proyectos. Parece que, en todo caso, sienta pánico a quedarse quieto, a bajar el ritmo. A sentirse viejo, en definitiva. Y ello lo lleva a un éxtasis de productividad en el que encadena, año tras año y desde 2012, Prometheus, El consejero, Exodus, Marte, Alien: Covenant y, ahora, Todo el dinero del mundo.

En esta última narra las tribulaciones de la madre de John Paul Getty III, nieto del magnate del petróleo de los años 60 y 70, para conseguir la liberación de su hijo secuestrado, mientras lucha contra la indiferencia del viejo multimillonario, que no tiene intención de aflojar un solo dólar para la causa. Si no fuera porque al tirar de hemeroteca puede comprobarse que su creación se remonta a 1947 (y que bebe directamente del Ebenezer Scrooge de Dickens), cualquiera diría que el personaje interpretado con fuerza por Christopher Plummer en Todo el dinero del mundo fue la inspiración para el Tío Gilito de la Disney. Pero más bien parecería que fuera al revés, en una muestra más de realidad superando la ficción. El mayor aliciente de la película es pues ver al miserable magnate en un pulso encadenado contra su ex-nuera, y con los desconcertados secuestradores calabreses al final del hilo. Michelle Williams le pone las ganas habituales, y Mark Wahlberg se mimetiza con el entorno con efectividad.

Entre unas cosas y otras (tiene todos los elementos necesarios para erigirse en un suspense sólido), Todo el dinero del mundo se ve con interés; pero también sin entusiasmo. Así como a Marte (2015) -su mejor obra de los últimos años- le faltaba un punto de poesía y fascinación, a Exodus (2014) brillo en la narración y los personajes, o a Alien: Covenant (2017) un foco claro hacia el que orientar su mitología y una buena reescritura de guión, Todo el dinero del mundo tiene ritmo, buenas interpretaciones y una historia interesante, pero carece de peso específico. Son excepción algunos momentos como la prometedora apertura o el maravilloso plano de los periódicos atosigando al decrépito multimillonario, pero en conjunto la película tiene una rara cualidad: es efectiva, pero parece hecha con el piloto automático puesto.

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El realizador británico ha pasado de ser aquel perfeccionista capaz de repetir decenas de veces cómo Harrison Ford cogía una gamba en Blade Runner (1982), a evitar a toda costa la cuarta toma y rodarlo todo en multicámara. Desde cierto punto de vista, esto podría considerarse un ejercicio de depuración artística (sí que le funciona, por ejemplo, de cara a obtener unas actuaciones frescas por parte de los actores). Pero a sabiendas de cómo el director-productor integra siempre el business en su manera de plantear las películas, cosa que nunca oculta, se trata más bien de una cuestión contable. No hay más que ver el cambio de Kevin Spacey por el veterano Plummer, realizado en tiempo récord tras la caída en desgracia del primero, y que responde a una cuestión puramente mercantil -“Lo que hagas en privado no es mi asunto. Sólo se convierte en mi asunto si infecta el negocio en el que estoy metido”, declara con una legítima lógica empresarial.

En estos momentos, en definitiva, parece que Scott complete sus películas de manera casi funcionarial. No es que no sea un autor; no es que no sea un artesano -ese calificativo que se ha utilizado de manera frecuentemente condescendiente para encuadrar a los directores con oficio pero sin un sello personal marcado, que sin embargo nos han regalado innumerables momentos de gran disfrute-; es que es una máquina de ensamblaje. Incansable. Inalterable ante las dificultades de la producción. Pero también incapaz de insuflar verdadera vida a sus creaciones. Ridley Scott parece estar de vuelta de todo. Lo que se traduce en que nada parece importarle demasiado, más allá del mismo hecho de engrosar su filmografía. Y eso acaba por contagiarse al resultado. Puede que, después de todo, sí que se esté haciendo viejo.

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