Crónica Sitges 2017 (III): Material inestable

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Hace un par de años me hablaron maravillas de una cinta que desconocía, Sorcerer de William Friedkin (1977). La habían programado en el festival a modo de retrospectiva, y no tuve ocasión de verla. Afortunadamente, este año, el mismísimo Friedkin (que es mucho más conocido por su trabajo en El exorcista -1973-) visitaba Sitges para recoger el Gran Premio Honorífico. Así que a la organización le faltó tiempo para volver a proyectar la película. Y no sólo eso, sino que el mismo director se pasó por el cine Prado para presentarla y hablar posteriormente de ella.

Efectivamente, Sorcerer (Carga maldita en España) es una pequeña joya escondida del cine de los setenta y de la filmografía de su director. Una de esas piezas cuyo argumento es mínimo y tiene la importancia justa, ya que todo el protagonismo lo toma la manera en que está contada, el mecanismo de relojero que la hace funcionar como un metrónomo. Lo que empieza como un thriller de connotaciones políticas deriva en un viaje lleno de suspense en un rincón apartado del mundo (que, de alguna forma, se convierte en extensión de esas tramas y toma aires metafóricos alrededor de la fuerza del destino). Ver a la panda de descastados que protagonizan la cinta (con presencias memorables como la de Roy Scheider o Francisco Rabal) atravesando el Amazonas a cámara lenta para intentar no saltar por los aires por gracia de la dinamita que transportan acaba resultando catártico y da lugar a un par de secuencias de acción exasperantes. Se nos pasa por la cabeza que pueda haber en Sorcerer algún tipo de inspiración sacada de esas escenas de persecución a ritmo de tortuga que caracterizaban a El diablo sobre ruedas de Steven Spielberg (1971). Desgraciadamente, cuando llega el coloquio no hemos podido contrastar los años de elaboración de cada una, así que lo dejamos como una conexión curiosa en nuestra cabeza. Por su parte, el mismo Friedkin confiesa que, si por alguna película tuviera que ser recordado, le gustaría que fuera por Sorcerer. Ahí queda eso.

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Haber asistido a una clase de magistral de dirección hace que sea mucho más difícil encontrar algo salvable cuando nos enfrentamos a The bad batch. Ana Lily Amirpour, que hace tres años sorprendió con su debut Una chica vuelve a casa sola de noche, viene con la autoestima por las nubes y se lanza a comparar su nueva película con El topo de Alejandro Jodorowsky. Craso error, porque ya está dirigiendo nuestra mirada; y con tan solo unos minutos de The bad batch se puede ver que de El topo tiene poco, aunque ella quiera creerlo. El nivel de hipsterismo, que en su anterior obra se sostenía porque lo que contaba tenía cierta solidez, aquí queda desnudo ante su propio vacío. Uno no puede evitar pensar que a Amirpour sólo le importa verdaderamente la fachada. Su supuesta metáfora hace aguas por todos lados, y queda como un intento pretencioso de ser profunda sin que haya nada detrás que lo sostenga. Poniéndonos sádicos, imaginamos un cara a cara entre Jodorowsky y la realizadora. Pero sería una batalla claramente desigual, la del más puro convencimiento contra la superficialidad enmascarada. Y el ensañamiento está feo. Así que mejor corramos un tupido velo y hagamos como que The bad batch nunca ocurrió.

Una de los propuestas más especiales de este Sitges era sin duda Loving Vincent, un proyecto del que llevábamos oyendo hablar años y que por fin llega completado. La razón del retraso es que se trata de la primera película de animación íntegramente pintada al óleo. Una barbaridad técnica y laboral, en definitiva. En Loving Vincent se exploran, de manera retrospectiva, los últimos días de la vida de Van Gogh, y el resultado a nivel visual es tan espectacular como pudiera esperarse. Pero desgraciadamente parte de un guión bastante inconsistente. El desarrollo de la película se basa en los interrogatorios que va haciendo el protagonista a diferentes personas que convivieron con el pintor en sus últimos tiempos, con la esperanza de descifrar la razón de su muerte. Pero el problema es que este puzzle de puntos de vista en la práctica se parece más a una aventura gráfica que al Rashomon de Kurosawa (1950). Lo que estaría tremendamente bien si la obra fuera un videojuego. Pero no, es una película, y su desarrollo se ve lastrado por una cierta monotonía que el bonito final no consigue eclipsar. Es interesante verla por lo que representa, pero no es la gran película que nos hubiera gustado.

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Un poco por eliminación, acabamos en nuestra ‘querida’ sala Tramuntana (la más modesta del festival) para asistir al pase de Love and other cults, que nos presentan como muestra de un nuevo cine independiente japonés. Nos resulta fascinante pensar que ya no sólo vemos películas de cinematografías poco accesibles en nuestro país, sino que nos estamos sumergiendo en sus márgenes. Hemos subido de nivel. Love and other cults no se siente tan lejana finalmente a otras muestras de cine nipón que podamos conocer. Si acaso, se nota que es de producción modesta y tiende a tocar sus temas de una forma algo más agresiva que el cine mainstream (es entonces cuando nos damos cuenta de que, habiendo visto al antiguo Miike o a Sion Sono, por poner, ya estábamos metidos en la escena indie del país). En cualquier caso, Love and other cults participa de una virtud japonesa admirable, que es la de gestionar una cantidad considerable de temas y personajes con éxito. Usando como eje central a una bala perdida, una adolescente repudiada que se pasa la vida yendo de mano en mano como si fuera mercancía, la cinta atraviesa por momentos de drama puro, de ternura, patetismo, comicidad, rabia… Un viaje muy interesante que consigue no empantanarse en la sordidez del entorno en el que se mueven sus personajes, y a la vez no banalizarlos. Su director, Eiji Uchida, explica que se inspiró en la juventud rebelde y vampirizada por la yakuza que observó durante el tiempo en que vivió alejado de la ciudad. Menudo panorama tienen.

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Cerramos el día con The ritual, una de esas películas netamente de terror que ya hace años que tienden a escasear en Sitges, posiblemente porque no se encuentran en su momento más álgido. Y en esta línea, The ritual es una cinta entretenida, que no molesta, pero que tampoco aporta nada nuevo al espectador un poco avezado en el género. Es la entrega anual de miedo en el bosque, esta vez protagonizada por un grupo de ingleses que se van de excursión a Suecia, y tiene la virtud de contar con unos personajes muy bien construidos, con personalidades bien diferenciadas e interpretados con solvencia. Incluso, la introducción del terror en base a la cultura pagana nórdica es una idea atrayente. Pero como sigue de forma tan recta el manual del horror moderno, la estructura se percibe sobada y no explota todo lo que debería esa iconografía tan interesante. Al final, no avanza mucho más allá del esquema ‘introducción-ruidos en la espesura-muertes con cuentagotas-aparición de la criatura’. E insistimos, no es una mala película, y está dirigida con bastante gusto. Pero se trata de otra oportunidad desaprovechada.

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