El otro lado de la esperanza

Como era de prever, Aki Kaurismäki continúa en su nueva película interpretando el mundo como si de una fábula se tratase. Un mundo que en su dimensión particular está plagado de personajes hieráticos, de actitud estoica y comportamientos puros -cercanos al blanco y negro-, que al interactuar entre ellos hacen surgir algo más rico y complejo, como en los buenos cuentos de apariencia infantil.

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El director aprovecha en esta ocasión su depurada técnica para acercarse a la actualidad de los refugiados sin perder sus señas de identidad y con la voluntad de dar, en sus propias palabras, una visión sesgada de esa realidad. Una visión con el objetivo de contrarrestar, ni que sea un poco, el discurso antiinmigración que recorre y se enquista en Europa. Para ello, alterna la historia de Khaled, un sirio que ha llegado de manera ilegal a Finlandia, con la de Wikhström, un hombre que acaba de separarse y busca una nueva vida al frente de un restaurante de dudosa reputación.

Puede que sea finalmente el pie en la realidad geopolítica el que haga que El otro lado de la esperanza no sea tan redonda, por ejemplo, como su anterior y magistral El Havre (2011) -que, dicen, forma parte junto con ésta de una trilogía portuaria todavía por terminar. Es inevitable que la dureza de la situación de guerra y tragedia humanitaria que traspasa la frágil línea entre nuestra dimensión y la ficticia proyecte su sombra sobre el mundo mucho más sencillo (que no menos auténtico) en el que viven los personajes habituales de Kaurismäki.

Y en última instancia, es difícil no sentir mayor atracción por las aventuras y desventuras cotidianas de Wikhström y la peculiar plantilla de su establecimiento que por la sórdida situación en la que se ve inmerso Khaled por su condición de indocumentado. Ese relato, aunque relevante, coherente artísticamente y probablemente necesario es también, inevitablemente, demasiado gris frente al personal color de la otra historia, y el choque de tonos se hace palpable. Como no podía ser de otra forma, las tramas se entrelazan en cierto punto de la película, y el extranjero pasa a formar parte, por imperativo moral, de la familia -siempre marginal, por supuesto- Kaurismäki. Si esa situación puede finalmente durar o no, es un gran interrogante tanto en la cinta como a este lado de la pantalla.

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