Un monstruo viene a verme

Vaya por delante sin ninguna acritud, tras ver Un monstruo viene a verme podría parecer que Connor, el niño protagonista, que tiene problemas para gestionar la enfermedad terminal de su madre y expresar lo que realmente siente es ni más ni menos que un alter ego del propio director, Juan Antonio Bayona, consciente de estar en un personal camino la meta del cual es transmitir lo que quiere con su película. Es Bayona un realizador con muy variopintos referentes como puede extraerse de sus entrevistas, con una pasión verdadera y ganas de expresar ciertos sentimientos a través de unas historias que siente como suyas. Pero que una vez metido en el ajo, tiene dificultades para extraer la esencia de esos materiales y crear algo con verdadera alma.

La última película de Bayona tiene durante la mayor parte del metraje el mismo problema que su anterior cinta, Lo imposible (2012), y es que por muy grande que sea el drama que se presenta, resulta difícil conectar con él. Hay una extraña distancia, un algo que no funciona y que nos mantiene observando la historia desde la barrera. Puede que se deba a esa impecabilidad técnica, a lo relamido del trabajo de cámara (algo común a muchos films modernos), a un protagonista con el que cuesta sintonizar, a los múltiples subrayados que salpican las secuencias… El caso es que todo parece demasiado calculado como para que brote una emoción sincera.

monstruo

Es el último tercio de Un monstruo viene a verme, el más abiertamente entregado al melodrama lacrimógeno, el que consigue sacar algo auténtico del corazón del espectador. Ayuda una interpretación de Felicity Jones no por obvia menos emocionante. Pero claro, nos encontramos en un punto tan trágico de una película cuya única razón de ser ha sido la búsqueda de ese final, que no arrancar siquiera un suspiro angustiado del espectador podría considerarse una hecatombe.

Seguiremos teniendo que soportar esa molesta manía de los departamentos de marketing de vendernos a muchos directores como ‘visionarios’. J. A. Bayona es uno de los agraciados con tal eslogan, pero no se trata ni mucho menos de un visionario*. Es un realizador con oficio, capaz de gestionar grandes proyectos, pero que aún tiene que encontrar su camino para imprimir verdadera personalidad y emoción a unas películas que, por ahora, se limitan a ser perfectas vende entradas.

* visionario: Que se anticipa a su tiempo al prever hechos que después acontecen o al inaugurar un estilo, una corriente, una técnica, etc., que tiempo después se generaliza.

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