La fiesta de las salchichas

La aparición de una película como La fiesta de las salchichas hace venir a la mente, por su escasez, otros esfuerzos norteamericanos por realizar animación para adultos. Llegan con cuentagotas a nuestras carteleras y son producciones que suelen salir de mentes más o menos outsiders dentro del sistema de Hollywood: las de Trey Parker y Matt Stone (South Park: Más grande, más largo y sin cortes –1999-, Team America: La policía del mundo –2004-), Richard Linklater (Waking life –2001-, A scanner darkly -2006-) o Charlie Kaufman y Duke Johnson (Anomalisa, 2015).

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Sin lugar a dudas, el caso que nos ocupa no tiene la potencia satírica de los primeros, ni las connotaciones filosóficas y densidad emocional de los que siguen. Lo que no significa que deba menospreciarse, pero sirve para enmarcarlo en el terreno del entretenimiento irreverente sin mayores pretensiones. Sí debe ser motivo de crítica, no obstante, la obsesiva necesidad de sus autores de hacernos ver desde el primer momento lo orientada a adultos y, por ello, ‘especial’ que es la película.

Más allá de la esencia soez de la cinta -que por otro lado provoca algunos de los mejores momentos del metraje- se empeñan en llenar de palabrotas e insultos los diálogos desde el minuto cero y sin discriminación entre personajes. Contrariamente al contagio del espíritu macarra y no apto para menores que pretende, el recurso hace más bien pensar en un adolescente esforzándose por ser rebelde usando las herramientas más primitivas y superficiales a su alcance. Algo tan evidente y manoseado empaña la primera parte de la película.

Pero también es cierto que conforme avanza la trama aparecen algunos verdaderos descubrimientos. Si uno consigue sobreponerse a sus tics más forzados, puede toparse con un giro conceptual sorprendente por aquí, una caricatura -esta vez sí- realmente macarra por allá, un acto final pasado de vueltas en el mejor sentido… La fiesta de las salchichas no es apta para paladares finos (cualquiera que trafique en su mente con conceptos como ‘humor inteligente’ hará bien en alejarse cuanto pueda de este espécimen), y desde luego no es capaz de explotar todo lo que hubiera dado de sí el concepto y los personajes de no haberse dejado llevar por ciertos convencionalismos. Se olvida con facilidad porque no es capaz de trascender su naturaleza de idea loca surgida en una noche de desmadre. Pero contiene suficientes dosis de imaginación y diversión visceral como para no darla por tiempo perdido.

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