Sing Street

No hay ninguna duda; quien se aventure a ver Sing Street saldrá de la proyección tarareando mentalmente alguno de los pegadizos temas compuestos para la película. Estribillos como los de The riddle of the model son difíciles de pasar por alto, y la estética ochentera que igual recurre a Duran Duran que a The Cure es de lo más conseguido que se ha podido ver últimamente en la pantalla.

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Ahora bien, hay algo que también cuesta obviar en esta pequeña aventura urbana de unos adolescentes que deciden convertirse en los reyes del pop con sintetizadores. Y es lo amable que resulta todo, la invulnerabilidad ante los contratiempos, el buenismo que impregna a cada uno de los personajes. El joven protagonista no desfallece en ningún momento, su voluntad es inquebrantable. Y así, nos encontramos con que ninguno de los conflictos que van apareciendo a su paso acaban representando un verdadero problema.

Al inicio de la película, encontramos al pobre Connor recibiendo una seria reprimenda por no llevar los zapatos reglamentarios en el colegio, uno de esos de espaldas rectas y mano dura. Avanzamos, nuestro protagonista conoce a la bella chica que le roba el corazón, decide montar su propia banda… Al poco, podrá pasearse por las clases maquillado y peinado de forma extravagante, sin que ello le cause mayores problemas, simplemente acogiéndose al vacío al respecto que hay en el mismo reglamento escolar. Además, tampoco parece que su aspecto le acarree demasiadas burlas o agresiones por parte de unos compañeros que de entrada parecerían hijos de una sociedad conservadora, criados en un entorno duro y poco proclives a la tolerancia ante lo diferente…

Y así podríamos continuar. Detalles como este se encuentran a lo largo de toda la cinta. Y no vamos a negar que los personajes son simpáticos por su candidez y empuje. Pero cuesta creerlos como personas de carne y hueso. ¿Quién ha visto a un adolescente tan seguro de sí mismo a pesar de ser tan diferente? ¿Cómo es tan fácil encontrar fieles compañeros de viaje para una aventura tan poco corriente como ésta? Etcétera. Es por eso que hay algo de artificioso en Sing Street. Sí, el director quiere introducirnos en un mundo en el que es posible alcanzar los sueños, en el que uno puede encontrar su lugar, en que la inocencia es premiada y no castigada… Una visión el culmen de la cual se encuentra en la última secuencia de la película, de auténtico realismo (sic) mágico, que extrema este mensaje y chirría en consecuencia de forma aparentemente involuntaria. Porque el espectador necesita creer que unos personajes determinados puedan existir en un contexto y circunstancias acordes. Y si uno sitúa la acción en el Dublín de los ochenta, seco, obrero y atrasado a nivel sociocultural, no puede pretender que la audiencia acepte que se puede alcanzar el cielo tan fácilmente. Las buenas intenciones funcionan de verdad cuando no parecen prefabricadas.

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