Jurassic World

El gran éxito de la película que nos ocupa, 23 años después del estreno de la cinta que inauguró la franquicia, y la valoración de no pocas críticas y espectadores imponen una pregunta clara: ¿es Jurassic World la mejor secuela que se ha realizado de Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993)? Pese a los flagrantes errores de las anteriores entregas, seguramente no. Cabe, sin duda, una puntualización importante: sí es la más respetuosa y fiel con respecto a la obra seminal.

Al enfrentarse al reto de realizar una obra que fuera algo más que una operación de mercadotecnia, el director (y también co-guionista) Colin Trevorrow ha querido jugar sobre seguro, y ha reproducido en gran medida la estructura global de la cinta de Spielberg. El resultado ha sido previsiblemente desigual. Así, es cierto que durante la apertura el realizador consigue recuperar parte de la fascinación original, probablemente gracias al uso del mítico tema de John Williams y al sorprendente aire noventero que se respira -este sí, absoluto mérito suyo-, y que en realidad recorre con más o menos intensidad toda la cinta. Pero pasados los primeros minutos, y a lo largo del tramo central, el desarrollo resulta algo insulso, con diversas tramas introduciéndose por aquí y por allá, pero sin llegar a explotar dramáticamente. Y no es hasta el último tercio que se despliega sin concesiones la aventura, que la realización recupera la energía que estábamos buscando y que, pese a sus incongruencias lógicas, nos da la diversión de alto calibre que reclamábamos.

Bryce Dallas

Durante todo el recorrido, los guiños a Jurassic Park surgen por doquier, y generan un doble efecto: por un lado, son capaces de exprimir el valor nostálgico, generan coherencia en el universo interno de la saga y extraen un cierto elixir de juventud para beneficio de la película, además de evidenciar el cariño con el que el director ha realizado su trabajo (posiblemente, de las pocas cosas indiscutibles en el film); por el otro, despiertan una sensación de déjà vu y de exceso de dependencia y falta de innovación argumental con respecto a la fuente. Con todo, su inclusión es uno de los mejores valores que atesora el guión.

Si algo entorpece, mientras tanto, la captación del interés por parte del espectador, más allá de lo comentado hasta el momento, es el desarrollo de unos personajes mucho más genéricos que los que nos ofreció en su día Spielberg y con comportamientos muchas veces simplones o absurdos -carismático Chris Pratt a parte. Algo que ya había empezado a ocurrir en la misma El mundo perdido: Jurassic Park (1997), pero que sorprende teniendo en cuenta la inteligencia con la que Trevorrow trataba al espectador en su ópera prima, Seguridad no garantizada (2011).

En definitiva, Jurassic World sería un entretenimiento de alta categoría (nunca una obra maestra) si no fuera porque ya existe Jurassic Park, con lo cual se convierte en un ilustrativo ejercicio que evidencia la inutilidad de realizar secuelas de la misma, como mínimo en la línea continuista seguida hasta el momento.

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