Mr. Turner

Joseph Mallord William Turner, pintor romántico. Mike Leigh, cineasta de escuela. Mr. Turner es una película con la corrección y contención marca de la fábrica de calidad inglesa. Se aprecia, ya desde el plano de apertura, el esfuerzo por otorgar una cualidad pictórica al cuadro (fílmico), labor en la cual hay que destacar, más allá de la figura del realizador, a su fotógrafo Dick Pope. La cinta, suerte de biopic de este importante artista londinense, miembro de la Royal Academy of Art, se articula, pues, con la elegancia formal como eje, con especial atención a la composición del plano, que trata de captar el estilo romántico de las obras de Turner, aún sin llegar a reproducir el grado de evanescencia que las caracteriza, siempre con un ancla en la realidad. El equilibrio resulta efectivo, las dos horas y media de película se suceden sin incomodo para el espectador.

Y es que la narración por la que opta Leigh (también guionista) es liviana; no entra en detalles biográficos, no enseña, en el fondo, gran cosa. Pero consigue que tampoco nada se eche en falta. Es una historia construida, si se quiere, a pinceladas. Pinceladas de trazo fino, certeras, sutiles. De esta forma consigue el británico evitar el efecto TV movie que aquejan muchas de estas producciones, donde el personaje histórico acaba por devorarse a sí mismo como personaje dramático y, con él, al drama en sí. No hay histrionismo en Mr. Turner, no hay tampoco, si acaso, explosiones de emoción. Pero sí una excelente escritura de su protagonista y una complicidad absoluta con él por parte de su intérprete, Timothy Spall, cuya gruñona representación le valió el premio al mejor actor en Cannes.

Cuadro poético.

Llama la atención, en la historia de Mr. Turner, lo que nunca llega a explicitarse del pasado del protagonista, las tramas del presente que únicamente se apuntan, los espacios, en definitiva, que se dejan a la imaginación (o documentación) del espectador, como ese elefante minúsculo que se esconde en el Aníbal cruzando los Alpes del pintor. La distensión humorística con el descubrimiento del daguerrotipo, la idea de la radicalización estilística que llega con la vejez (en vez del conformismo y el apagón creativo), el bonito broche de los planos finales, son pequeños detalles que ensalzan un biopic que intenta trascender sus propias convenciones, y que por momentos lo consigue de forma muy convincente.

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