Jack Ryan: Operación Sombra

Los rusos sirven igual para un barrido que para un fregado. Cuando llega el momento de hacer un thriller ‘de envergadura’, de esos que ponen en jaque la sacrosanta soberanía norteamericana, pueden volver a la carga sin problemas en pos de una neo-guerra tecnológico-terrorista. Son muy sufridos. Todo hay que reconocerlo, normalmente acaban cumpliendo con nota su cometido como villanos, si uno es capaz de abstraerse de esa capilla de caspa que cubre todas estas representaciones, que aún sueltan tufillo a Guerra Fría. Es reseñable que en “Jack Ryan: Operación Sombra” el director Kenneth Branagh se reserve para sí mismo el papel antagonista, pues su práctica de la dicción extranjera es lo más interesante de la película. En consonancia con su (aparente) personalidad egocéntrica, y sin que merezca queja alguna por ello, el británico se regala los momentos más interesantes de la cinta, descontando las escenas de acción.

Y es que la película cuenta con tres o cuatro piezas de este tipo -que, todo hay que decirlo, ocupan una parte importante del metraje- ciertamente trepidantes. Pero a cambio de la sorprendente solvencia que demuestra el director para la persecución y el contrarreloj, cualquier rastro de su personalidad propia tras las cámaras queda ausente en la totalidad de la película. “Jack Ryan: Operación Sombra” contiene una cantidad demasiado notable de clichés y lugares comunes, que la transforman en una muestra más de cine genérico, funcional pero sin alma (y, en ocasiones, incluso molesto). Entre sus pecados, el desarrollo argumental sin pies ni cabeza, la música de solemne y redundante gravedad –que recuerda, alternativamente, lo tenso y lo patriótico que es todo-, las tomas aéreas superfluas acompañadas de letreros con sonido de ordenador pseudo-futurista, el mentón de Keira Knightley…

Jack Ryan haciendo cosas tecnológicas de la era 2.0.

“Jack Ryan: Operación Sombra” padece, de forma similar a lo que ocurría en “La jungla 4.0” (Len Wiseman, 2007), del ‘mal de la actualización tecnológica’, extraño virus que puebla gran cantidad de guiones de acción contemporáneos. Una actualización tecnológica que, al igual que ha vuelto nuestro mundo mucho más complejo, también está dificultando el desarrollo de tramas de género clásicamente hollywoodienses de forma sencilla, creíble y, en última instancia, disfrutable. Como ya se ha comentado, éste no es el único problema de la cinta; pero sí uno que limita sus posibilidades de llegar a buen puerto. Y es que, en los últimos tiempos, el que mejor parado ha salido en este terreno -atención al paralelismo en los títulos- ha sido Brad Bird  con su “Misión imposible: Protocolo Fantasma” (2011). A pesar de no repescar a un curtido Kevin Costner para el papel de mentor veterano y luchador. Incluso con rusos en el menú. Suerte al pelotón.

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