Coriolanus

Si alguien esperaba un nuevo ‘caso Affleck’ con la ópera prima como director de Ralph Fiennes, se va a llevar un buen disgusto. El actor ha escogido como base para su primer trabajo tras las cámaras una obra de William Shakespeare, tal vez con la ilusión de contar con un punto de partida ‘serio’ y respetado, de aprovecharse del prestigio que parece seguir teniendo el teatro dentro del gremio, por encima del cine -probablemente a causa del carácter de show business que reviste el mismo. El producto derivado parece haberle granjeado opiniones positivas entre la crítica angloparlante, cosa sólo entendible por el efecto epatante que puede haber generado el nombre del clásico.

Sin embargo, las líneas del genio dramaturgo no le salvan la papeleta a Fiennes, e incluso podría decirse que ayudan al hundimiento del barco. La época de considerar automáticamente buenas las películas basadas en una buena obra pasó hace tiempo, y es que “Coriolanus” parte de un planteamiento fotográfico erróneo, que derrumba desde el primer minuto cualquier posibilidad de verdad para la película. Lo paradójico es que esto ocurre a causa de optar por un tratamiento de la imagen en la extendida línia ‘realista’, de carácter casi documental, que choca frontalmente con un texto de retórica barroca.

Guionista y director no tratan siquiera de adaptar la obra de Shakespeare para sintonizar con la obra fílmica -ni tan solo transigen en cambiar los nombres originales, pertenecientes a la Antigua Roma-, de forma que existe un divorcio doloroso entre fondo (guión) y forma (filme). Es imposible no rememorar durante el proceso del visionado el excesivo trabajo de Baz Luhrmann con “Romeo + Julieta” (1996). Siendo más o menos del agrado del espectador, el realizador australiano apostaba también por la recreación de la clásica obra del mismo nombre en un contexto contemporáneo, pero siempre distanciándose del realismo, jugando en la liga del histrionismo. Sus licencias eran precisamente las que hacían válida la película.

Esto no lo salva ni Fiennes actor.

Por el contrario, Ralph Fiennes cae de cuatro patas en unas arenas movedizas que ni siquiera maneja bien, ya que el trabajo de cámara y montaje durante los dos primeros tercios de la película se vuelven insoportables. La combinación de cámara en mano y sucesión de imágenes a ritmo de videoclip convierten la experiencia en un mejunje difícilmente digerible. Para cuando la cosa se calma, ya es demasiado tarde, pues todo interés o posibilidad de salvación para la obra han desaparecido hace tiempo, e incluso surge lugar para la burla por parte del espectador cansado de solemnidades, ante una serie de situaciones que bien pueden interpretarse desde un prisma fuertemente filogay.

Ni siquiera un interesante plantel de actores, encabezado por la afamada estrella, que recitan sus líneas con profundidad e intensidad, pueden hacer nada cuando el trabajo técnico no les acompaña. Así pues, “Coriolanus” queda como un debut absolutamente olvidable, dos horas interminables donde sólo son capaces de brillar un par de monólogos, que revisten una grandiosidad que el realizador no ha conseguido trasladar a su obra, mientras encarna, ante los atónitos ojos de la platea, a esta suerte de remix del Coronel Kurtz.

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