La maldición de Rookford

Historia de fantasmas ambientada en un viejo internado perdido en medio de la campiña inglesa. Bajo dichas premisas (ya de por sí estereotipadas), encontramos tanto gran parte de lo bueno que podemos esperar a partir de estos elementos, como gran parte de los recursos ya vistos y oídos en multitud de relatos de este tipo. Cruzar o no el umbral, depende de las expectativas de cada uno.

“La maldición de Rookford”, incomprensible traducción de lo que debería ser “El despertar” según su título original, ofrece su sobrenatural planteamiento con toda la elegancia inglesa que se asocia a una producción de la BBC, al mando de la cual se coloca un novel en estas lides, Nick Murphy (curtido, eso sí, en la pequeña pantalla).

Ya desde su magnífico arranque, centrado en una sesión espiritista, encontramos en Rebecca Hall una sólida protagonista, elemento clave para poder transitar entre el más allá y el más acá durante más de una hora y media en la que no faltan la intriga, el escenario tétrico, el plantel de personajes ambiguos… Todo ello no deja de conformar un popurrí de piezas ya vistas por el espectador -a la cabeza vienen “El espinazo del diablo” (Guillermo del Toro, 2001) o “Los otros” (Alejandro Amenábar, 2001), como podrían venir muchas más-, pero que consiguen mantener la atención, y alcanzan algunos momentos vibrantes (véase la interacción con la casa de muñecas).

Si algo molesta si un caso, es el sempiterno uso del sonido de una forma vulgar, con músicas que remarcan cuando no es necesario lo sobrenatural de las imágenes, sonidos estridentes que provocan sobresaltos cuando seguramente serían efectivos sin ellos y, en definitiva, timbres, notas y efectos que nuestros oídos asocian a los recursos manidos por todo el que mete las manos en el ajo del género de terror. No neutraliza la buena ambientación y puesta en escena conseguida en la parte visual, pero sí llega a desmerecerla.

De cualquier forma, el mayor problema se alcanza con el desenlace, un final que trata de ser elaborado pero que acaba resultando incluso algo confuso (tal vez intentando crear esa sensación de ‘complejidad’ en el espectador) y, en definitiva, poco creíble, o en cualquier caso poco satisfactorio para con los protagonistas.

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