Una de las sesiones más especiales del Americana de este año lo era no por la película, sino por el lugar de proyección. Si el pistoletazo de salida del festival fue en el clásico cine Aribau, el primer día de programación ‘oficial’ nos trasladamos a Video Instan, un videoclub en pleno Eixample que se vanagloria de tener el mayor fondo cinematográfico de España y que hasta hace poco dábamos por cerrado. Pero, sorpresas de la vida, ahí sigue resistiendo y cuenta con una pequeña sala privada que la organización ha decidido usar para la presentación de Videoheaven, el documental de Alex Ross Perry sobre la fiebre del VHS. Jugada maestra.
Tiene el festival especial afición por este cineasta al cual no hemos seguido la pista tras años de presencia regular en el certamen, así que aprovechamos lo atractivo de la propuesta -si bien el director no suele prodigarse en el documental- para echarle un ojo. Lo interesante de Videoheaven es la voluntad de aunar la historia del propio auge y caída del VHS, indisociable de esos templos paganos del cine que fueron los videoclubs, con el análisis de sus formas de representación en las propias películas. Este enfoque ensayístico da para un buen arranque y estupendas perspectivas. Pero la película dura unas abultadas tres horas y, llegados a un punto, Perry comienza a caminar en círculos, con desvíos injustificadamente alargados (el capítulo dedicado a la sección para adultos o, más aún, el de los dependientes), redundancias en el discurso y un afán innecesariamente enciclopédico: si bien hay jugo en el estudio del Hamlet de Michael Almereyda (2000) o El Vengador Tóxico II de Michael Herz y Lloyd Kaufman (1989), en la curiosa omnipresencia de sellos como la Troma o la Cannon durante el momento álgido del formato, o de la distancia ética y estética entre las representaciones de Videodrome (David Cronenberg, 1983) o El último gran héroe (John McTiernan, 1993), no resultaba necesario rascar hasta el fondo del barril en busca de las escenas y películas más anodinas en las que aparece un videoclub. Así, un viaje que empieza de manera apasionante acaba por resultar agotador y uno desea que la película estuviera proyectándose efectivamente en VHS, el tracking fallara de forma irremediable y pudiéramos volver a casa un rato antes…
Estábamos tan emocionados con repetir el éxito del año pasado, en que no pinchamos ni una vez en toda la semana, que no podemos evitar sentir una pequeña decepción cuando encadenamos el anterior documental con otra sesión que tampoco acaba por convencernos. Pero qué le vamos a hacer, asistir a un festival va de esto también… Y es que la premisa de Atropia nos había llamado mucho la atención: la historia de una actriz que trabaja en un sofisticado decorado que el ejército de los Estados Unidos utiliza para entrenar a sus soldados antes de desplegarlos sobre el terreno, en este caso el Irak de la Segunda Guerra del Golfo. La primera mitad de la película nos hace pensar en un cruce entre M.A.S.H. (Robert Altman, 1970) y El show de Truman (Peter Weir, 1998), pero aunque Atropia tiene sus ocurrencias y el absurdo del propio entorno facilita la comedia, conforme avanza nos damos cuenta de que carece de la ligereza de la primera o del calado emocional de la segunda. No se sabe si trata sobre las vicisitudes de su protagonista (¿de dónde nos suena la actriz, Alia Shawkat? ¡ah, es la de Arrested Development! un buen momento, como cualquier otro, para sentirse viejo) o si pretende ahondar en la sátira política, pero cada vez da más la sensación de que ni lo uno, ni lo otro, ni todo lo contrario. Y aunque no se puede negar que el enfoque de la debutante Hailey Gates es original, también resulta un tanto vacuo; da la sensación de que ha querido hacer algo festivo a la vez que con cierta profundidad y matices, pero se ha perdido por el camino. Y es entonces cuando nos damos cuenta de que a veces, algo tan puramente gamberro y zafio como Team America: La policía del mundo (Trey Parker y Matt Stone, 2004) puede conseguir ahondar más en su objeto de ‘estudio’ que una pieza con este enfoque post-moderno, e incluso resultar más actual pese a haberse estrenado hace veinte años…
El último de este grupo es el que sale mejor parado. Y es que venimos con referencias, porque OBEX es la nueva película de Albert Birney, de quien vimos hace un tiempo Strawberry Mansion. Este año en Sitges proyectaron también la que nos ocupa y no pudimos cazarla, así que nos llevamos una alegría cuando se nos presenta la posibilidad de repescarla en el Americana. En una línea estética y argumental pariente de su anterior obra, el propio Birney encarna a un hombre solitario, que apenas se relaciona con nadie ni sale de casa y que se dedica a hacer arte ASCII por encargo como profesión. Un día se hace con un novedoso videojuego que publicita una aventura en primera persona. El resto es historia. OBEX tiene el encanto de transpirar un auténtico amor por la época de la informática vintage a la que remite y la voluntad de crear algo ambicioso con unos recursos muy escasos. Puede que sea más simple que el anterior filme del director, con una aventura que peca de ser algo plana y breve, donde apenas hay espacio para tener una verdadera sensación de viaje, de haber explorado los recovecos de otro mundo y creado las condiciones para la transformación. Pero aún así, consigue apuntar multitud de referencias estéticas, experimentar con algunos diseños fantasiosos, entrelazar lo onírico en esa narración y rendir homenaje al videojuego retro, todo ello con apenas un personaje, una casa y unos exteriores que bien podrían ser lo que ha encontrado a mano el propio director de la película. Resulta meritorio lanzarse a hacer cine fantástico de una forma tan independiente, probablemente rozando el amateurismo, y consiguiendo un resultado digno de verse en la pantalla de un cine. Así que, con todas sus limitaciones, no podemos sino quitarnos el sombrero.



