Crónica Sitges 2025 (VII): Más allá del nombre

Sin comerlo ni beberlo, es ya el segundo y último viernes del festival y se nos han acumulado algunos nombres conocidos en la parrilla. Pero va a ser precisamente la cinta más peligrosa la que nos va a proporcionar la propuesta más estimulante de esta jornada. Todavía sin saber esto, empezamos la mañana en el Auditori con la sala repleta para ver el Frankenstein de Guillermo del Toro, como ya dijimos una de las personas que más merecen adaptar nuevamente esta novela atemporal. Por eso nos causa sorpresa que la película nos deje bastante fríos. Tratándose de una temática tan cercana a la sensibilidad del director mexicano, resulta sorprendente encontrarse con una versión con la que conectemos tan poco a nivel emocional. Es una mezcla del exceso de espectacularidad, una estética demasiado limpia (tal vez por el hecho de estar fotografiada para Netflix) y un metraje a todas luces excesivo, con dos horas y media que dividen la película (no de forma muy acertada) entre el relato del doctor Frankenstein y el de la criatura. El Víctor de Oscar Isaac es verdaderamente odioso, pero no se le atisba el raciocinio de un genio, mientras que el monstruo de Jacob Elordi no llega a sentirse todo lo cercano que uno desearía. Tendiendo un puente entre los dos mundos se encuentra Mia Goth, de lo mejor de la función pese a su breve aparición. Paradójicamente, la que pensábamos que podía ser el culmen de la filmografía de Del Toro es posiblemente su obra más floja, que pese a los grandes decorados y el saber hacer del director, peca de una grandilocuencia que no se congratula con una historia que, principalmente, late desde el deseo íntimo y desesperado de un repudiado por ser aceptado y amado tal y como es.

Nuestra siguiente esperanza es Scarlet de Mamoru Hosoda. Una vez más apoltronados en la sala grande, recordamos las buenas experiencias de La chica que saltaba a través del tiempo (2006), Los niños lobo (2012) o El niño y la bestia (2015). En esta ocasión, la animación nos lleva a la Edad Media y, tras un breve primer tramo con sus correspondientes traiciones shakespearianas, nos lanza de cabeza al Otro mundo, una suerte de limbo en el que las almas de los muertos viven (sic) y continúan de una u otra forma con sus tribulaciones, mientras encuentran, tal vez, el camino al más allá. Y volvemos a toparnos con la misma situación: puede que esta sea la película menos conseguida de Hosoda. No siempre consigue mantener el suficiente foco sobre la protagonista, la Scarlet del título, el compañero de aventuras que se le suma en sus viajes por el Otro mundo tiene más buenas intenciones que personalidad, y con demasiada frecuencia ese escenario fantástico se siente algo vacío… Por más que la animación tiene buen nivel, es más discreta que otras veces, y el cell shading domina la película, frente al más conseguido 2D tradicional. El discurso, que en Hosoda nunca ha sido especialmente complejo pero sí con calado emocional, se siente aquí menos pulido y efectivo. Tras su espectacular arranque, no podemos sino rendirnos a la evidencia de que Scarlet se queda a medio gas. Ojalá haya más suerte la próxima vez.

Así las cosas, y tras dedicar un rato al encuentro con el gran Terry Gilliam, que viene este año bastante quejicoso (llega a lanzar una puya hasta al difunto Stan Lee), sacamos la cabeza por la sala Tramuntana para ver una apuesta personal y arriesgada: Taroman Expo Explosion, una de esas cintas que casi nadie es capaz de ubicar en la programación, porque todos la han pasado por alto. Y es que apunta a un nicho muy concreto: se trata de un tokusatsu alocado, con la Exposición Universal de Tokio de 1970 como centro y referente estético. Pero decir eso es quedarse corto: Taroman sólo puede entenderse desde una cierta familiaridad con los códigos propios de este género japonés, algo que por otro lado resulta más o menos factible teniendo en cuenta que nuestra audiencia tuvo acceso hace décadas a Ultraman o a los Power Rangers (si bien en su versión norteamericana). La cuestión es que el debut en cine de Ryō Fujii (que ya había realizado una pequeña serie alrededor de las Olimpiadas de 1964) lleva un ritmo demencial, plagando cada minuto de frases naif, citas -imposible saber si ciertas- del artista Taro Okamoto, diseñador de las curiosas estructuras que poblaron aquella Expo, y apariciones de monstruos variopintos, del equipo de héroes encargado de la protección del mundo y del Taroman del título, ente gigante y deífico con la capacidad de hacer frente a las monstruosas amenazas, pero que tiene como particularidad el no responder a ningún tipo de lógica. Y así va acumulando la película tontería tras tontería, sinsentido tras sinsentido, pero a la vez cimentando la que acaba siendo su tesis: la defensa de la creatividad y de la incoherencia como fuente de júbilo. Por mucho que cueste de creer durante gran parte del metraje, lo cierto es que Taroman Expo Explosion consigue transmitir su mensaje y el público -que, todo hay que decirlo, venía predispuesto para el petardeo fuerte- sale con una sonrisa de oreja a oreja. Y se entiende.

Por último, nos acercamos a ver The Curse, el único cambio de última hora que hemos hecho en nuestra programación personal de esta edición. Y es que nos han dicho que a los mandos se encuentra Ken’ichi Ugana, que el año pasado nos sedujo con The Gesuidoiz; sin contar con que también nos aseguran que su anterior Visitors: Complete Edition (2023) es de traca. Sin embargo, nada de eso nos encontramos en The Curse. Se trata de una cinta de terror tirando a formulaica (¡si ya el título es genérico!), con el agravante del presupuesto limitado, que no es cubierto con un especial atrevimiento en su planteamiento o formas. Vuelven los elementos habituales del terror japonés (un día habrá que investigar qué historia tiene esta gente con el tema del pelo), pero así como en Dollhouse el cóctel conseguía adquirir una vida propia, la mayor parte de esta cinta se siente rutinaria. Es cierto que la idea de una maldición que tiene su raíz en la relación tóxica que establecemos con las redes sociales (Instagram y similares, para más señas) resulta atractiva además de conectar con otro de los focos habituales del J-horror, el uso de la tecnología. Pero más allá de un par de escenas resultonas, The Curse no consigue aportar gran cosa y queda como una más ‘del montón’. Así acabamos la jornada, un tanto decepcionados por tantas expectativas incumplidas, pero sin tirar la toalla con ninguno de sus autores, y recordando al maestro Taro Okamoto, que una vez dijo «El camino que es peligroso es siempre el camino por el que quieres ir. Realmente quiero ir por ese camino. Es peligroso, por eso merece la pena vivir».

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