Crónica Sitges 2025 (III): Atrapados en un glitch infinito

Pasar unos días en Sitges rodeados de gente con la misma pasión por el cine que nosotros hace difícil resistirse a comentar día tras día la jugada y a tomar unas cervezas que, a poco que uno se descuide, se alargan más de lo previsto, haciendo que después resulte demasiado tedioso levantarse para ver proyecciones más o menos destacadas, pero que seguramente tendrán una segunda o una tercera oportunidad. Ya lo avisábamos en nuestro anterior artículo: entre tantas películas, los grandes sacrificios están reservados a un grupo selecto. Así es como estos días vamos a dejar pasar cosas con estreno programado, como La vida de Chuck (por más que tenemos especial afición por su director, Mike Flanagan), Sisu: Camino a la venganza (previsiblemente dos tazas de lo que hizo triunfar a la primera) o Black Phone 2 (seguramente no es el proyecto más excitante en el que podía embarcarse el solvente Scott Derrickson).

Seguimos apostando, sin embargo, por el esperado resurgir del cine de género japonés, y por eso llegamos a tiempo para ver Exit 8, la adaptación del videojuego indie del mismo nombre por parte de Genki Kawamura. Un hombre de camino al hospital donde su ex-novia debe tomar una difícil decisión queda atrapado al salir del metro: el corredor que lleva al exterior parece no tener fin, con recovecos que se repiten hasta el infinito, y cuyas anomalías deberá ir desentrañando para poder huir. De nuevo espacios liminales, de nuevo bucles, planteados, eso sí, con gran estilización, con un estupenda combinación de trabajo de cámara y efectos especiales. Puede que el desarrollo de Exit 8 no sea el más lógico del mundo, pero prima la construcción de un arco dramático a través del espacio y las interacciones del protagonista con su entorno de una forma muy efectiva. Consigue no aburrir pese a la inevitable repetición e incluso transmitir emoción conforme avanza la historia. Quién lo iba a decir: el camino del héroe en los pasillos de un metro.

Si salimos con el corazón algo encogido, la forma de triturarlo es ver Decorado de Alberto Vázquez. En la línea de su anterior Unicorn Wars (2022), esta nueva animación pone en colisión a unos animales antropomorfos de corte cuqui con una realidad desoladora. Cargada de humor negro, Decorado cuenta la crisis existencial de Arnold, un ratón desempleado atrapado en una ciudad dominada por una macro-corporación. Los ecos de nuestra realidad saltan a la vista de forma evidente y son lo que hacen que la experiencia de ver la película bascule progresivamente de la diversión por los elementos de cuento mezclados con una mala leche que roza lo macarra, a la angustia por asistir al retrato de un sistema diseñado para aniquilar y someter al individuo. El despliegue creativo es inaudito para una producción española de este tipo, más teniendo en cuenta el pesimismo de la propuesta, que sin embargo esperamos que tenga el suficiente éxito como para garantizar que Vázquez pueda seguir con lo suyo. Decorado son los dibujos que un niño Lars Von Trier se pondría el domingo por la mañana. A nosotros nos ha tocado la sesión de tarde y salimos del cine con necesidad de un abrazo.

Este parece pues buen momento para recordar los encuentros a los que hemos asistido durante esta primera semana del Festival. Ha sido un año con gran cantidad de invitados interesantes y, siempre que hemos tenido la oportunidad, hemos hecho un hueco para acercarnos a verlos y escucharlos hablar un rato. Incluso, en el caso de Lloyd Kaufman, renunciamos a ver La muerte del unicornio (se estrenará en plataformas) para poder acudir a la cita. El mítico fundador de la Troma, que ya cuenta 79 años, se mostró tremendamente afable, encontrando cualquier excusa para alabar a sus colaboradores, haciendo promoción del documental Occuppy Cannes! de su hija Lily Hayes Kaufman, que se presentaba en la sección gratuita Brigadoon, y mostrándose satisfecho con la trayectoria de su longeva productora (52 años de supervivencia a base de serie Z y sin cambiar de manos), los nombres que ha apadrinado (con James Gunn a la cabeza) e incluso echando flores al remake que ahora se estrena de su fundacional El vengador tóxico (1984). Otra que se paseó por la Sala Garbí del Hotel Melià fue la afamada Carmen Maura. Teniendo en cuenta que se trata de una de las actrices españolas más importantes del cine de las últimas décadas, resultó sorprendente ver la poca asistencia al acto, lo cual hace patente la necesidad de dar más visibilidad a estos encuentros. Humilde y espontánea, Maura no se cortaba a la hora de presentarse como «una ancianita», explicar que hace años que no se habla con Pedro Almodóvar, que uno de sus mejores rodajes fue el de La comunidad (Álex de la Iglesia, 2000) o que no tiene problemas en participar en proyectos pequeños u óperas primas, mientras se lo vendan con humor. La misma tarde el Festival recibía -esta vez sí- en una sala completamente llena, al director Joe Dante, que repasaba parte de su filmografía a golpe de preguntas del público, rememorando su primer proyecto, The movie orgy (1968), mostrando su preferencia por Gremlins 2 (1990) sobre Gremlins (1984), y poniendo en valor la lectura política de sus películas, ahora difíciles de levantar ante una producción comercial dominada por los comités de inversores. En definitiva, una retahíla de figuras ilustres del género de lo más variopinto, a las que no podríamos ver si no fuera aquí, y a las que en los próximos días todavía se le sumarán nombres como Terry Gilliam o Benedict Cumberbatch. Son los pequeños lujos de vivir a fondo el Festival.

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