Americana 2025 (I): En los límites de la realidad

Marzo significa dos cosas en nuestra agenda: primera, más vale empezar a moverse en serio si no queremos quedarnos sin calçotada este año, y segunda, se celebra el festival Americana. La calçotada a veces puede fallar. Pero cuando hablamos del Americana, llevamos fichando de manera prácticamente ininterrumpida desde sus comienzos, y este año nos disponemos a escribir nuestra crónica del evento por décima ocasión consecutiva. Además, se da una circunstancia sorprendente, que constatamos una vez salimos el domingo de la última proyección: en esta edición no hemos visto una sola película mala. Gran mérito, pues, de la organización -y un pellizco nuestro por seleccionar acertadamente, porque es evidente que tiene que haber algún tropiezo en la parrilla, es ley de vida. Sin más dilación, vamos a desgranar las primeras cintas que hemos agrupado para vosotros.

Para empezar, uno de los tiros hechos de la sección Tops de este año: Saturday Night. Y es que, si presentas una película que relata la experiencia tras las cámaras de la primera emisión de uno de los late night más influyentes y longevos de la televisión americana, tienes a gran parte del público habitual del festival en el bolsillo. Y si además resulta que se trata de la última película de Jason Reitman, seguramente vas a encontrarte con un ejercicio de cine cuanto menos solvente. Y en esa encrucijada nos van a encontrar a nosotros. Saturday Night da exactamente lo que promete; ni más ni menos. Puede que su narrativa sea tirando a epidérmica, que presente una versión romantizada de lo que sucedió en la realidad, que por momentos roce la inverosimilitud… Pero también es enérgica y optimista, nos transporta a un tiempo y lugar donde todo parece posible, nos entrega un buen puñado de encarnaciones soprendentemente precisas (véanse los trasuntos de Jim Henson o John Belushi) y es, en definitiva, una pieza de jazz cinematográfico, que siempre tiene una contrarréplica a punto, un barrido de cámara que evita cualquier freno en el ritmo, pequeños giros (por más que predecibles) y apariciones y coreografías de personajes a la vuelta de cada esquina, que la convierten en un agradable entretenimiento. Sin lugar a dudas, los que hayan visto la serie Studio 60 on the Sunset Strip (Aaron Sorkin y Thomas Schlamme, 2006) tendrán una fuerte sensación de dejà vu. Y, también sin duda, pasarán un buen rato.

Sin salir de la sección principal ni del mundo televisivo (o sí, o quién sabe, porque ahí está parte del quid de la película), nos encontramos con I saw the TV glow, una de esas que nos hacen preguntarnos si no nos la perdimos en el Festival de Sitges. Pero no, no se proyectó allí, y rascando un poco descubrimos que quien quiera la puede ver ya en plataformas bajo el título El brillo de la televisión. Se trata de una intriga de toques fantásticos dirigida por Jane Schoenbrun, quien ya presentó en el Americana su primer largo, We’re All Going to the World’s Fair. Sorprendente en tanto que no permite una lectura directa y unidireccional, gira en torno al fetiche que genera en unos jóvenes una ficticia serie noventera, que probablemente bebe de cosas como Buffy, cazavampiros (1997), Embrujadas (1998) o incluso los Power Rangers (1993). Todo lo que envuelve dicha ficción tiene un deje enrarecido, por momentos naif y por momentos pesadillesco. Y es así como Schoenbrun crea una peculiar atmósfera, en la que la oscuridad se mezcla con colores flúor, en que la ansiedad adolescente es propulsada por el descubrimiento de la propia identidad de género y en que la realidad se fusiona por momentos con los espacios mentales y catódicos. Si una pega se le puede poner a El brillo de la televisión (que, por otro lado, no será de fácil digestión para todos los espectadores), es que su protagonista resulta bastante anodino, pasmado al extremo de que uno duda si no padece algún problema psiquiátrico. Y ello hace que por momentos la narración trastabille (su compañera de aventuras se salva por la escuadra). Pero finalmente, lo absorbente de la propuesta consigue sobreponerse y lo que queda es uno de los experimentos más estimulantes del cine (semi)alternativo de 2024, que se lleva sendas menciones especiales por parte del Jurado de la Crítica y el de Cineclubistas.

Ahora viene cuando nos volcamos en una realidad que, por más que parezca sacada de la mano de un guionista de ciencia ficción, es tristemente palpable. Homegrown (también disponible en plataformas) es una de las joyas de la sección Docs, y sigue a unos componentes de los Proud boys -u otras de las tropocientas organizaciones simpatizantes de Donald Trump- en el final de la campaña electoral de Estados Unidos de 2020, cuando sonaron las artificiales campanas del pucherazo electoral, las posibles ingerencias interiores o exteriores y la proclamación, por fin, de Joe Biden como presidente, no sin el asalto popular al Capitolio de por medio. El documental acompaña de cerca a estas personas, escucha lo que dicen, cómo interactúan entre ellas, cómo se mueven dentro de estos círculos de hooliganismo… Nos mete de lleno, en definitiva, en algo que en abstracto puede parecer marciano desde nuestro lado del charco, pero que conforma un segmento decisivo de la población americana y sin la cual no puede entenderse el presente de la política de ese país y, por ende, de la situación mundial actual. Homegrown es fascinante, intensa, puede llegar a poner de los nervios, y lleva la cámara a la primera línea de fuego incluso en los momentos más tensos de las semanas post-electorales con tal implicación y eficacia que nos resulta curioso que no fuera considerada para los Oscars. Quién sabe, tal vez lo que retrata resulta aún demasiado incómodo para la sociedad estadounidense.

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