Sin apenas darnos cuenta de cómo ha ocurrido, volvemos a L’Alternativa -el Festival de Cinema Independent de Barcelona- siete años después de nuestra última visita. Parece que los hados se han conjurado para privarnos de este estimulante espacio, y reencontrarnos por fin con él resulta extraño y familiar a la vez -con clara tendencia a lo segundo, porque rápidamente puede notarse que la esencia sigue siendo la misma. Tal vez intentando hacer suave este inpass, decidimos comenzar nuestro periplo por esta 31ª edición del festival en el Hall del CCCB, el espacio gratuito -e injustamente olvidado por gran parte de la audiencia- del certamen, que abre fuego con una pequeña competición de microcortos.
No sólo se trata de un formato muy interesante (se muestran una cincuentena de piezas de apenas un minuto), sino que pide una presentación como la que aquí se le otorga. Porque se trata de trabajos que se retroalimentan y complementan, que piden compañía y que, en sesión contínua, quedan realzados ante el peligro de olvidarse como anécdotas dispersas caso de verse aisladamente. Y es cierto que hay algunos que agradecerían un mayor pulido de la idea, o que pecan de darse un exceso de importancia, o que visten su hiperbrevedad con mayor o menor naturalidad. Pero por ahí salen experimentos juguetones como Memoria videosonora de espacios ruinas del casino de la Rabassada (Olafur Anthead) o Popurrí Aleatorio de Acciones Ruidosas (Oswaldo Cibils); agradables retratos cotidianos como Las grietas de mi casa (Pepa Catalá) o Untitled Landscape Film (Jonathan Johnson); o sorpresas como la redonda Mar 82 de Clàudia Turró, que aúna lo personal y lo universal, y consigue desplegar capas inusitadas para su duración, lo que no en vano le valió el premio del Jurado de esta microsección. En cualquier caso, el lector tiene la suerte de poder echarles a todos un vistazo gratuitamente a través del canal de YouTube del Festival hasta nueva orden. Es una manera distinta y estimulante de pasar tres cuartos de hora viendo qué se cuece en los márgenes de la creación cinematográfica.
Una vez superados los preámbulos, recuperamos uno de nuestros paseos favoritos cuando visitamos L’Alternativa, que es el que nos ofrecen las sesiones de cortos. Es nuestra forma de conjurar una panorámica de los estilos que se muestran por estos lares, ajustándonos a nuestras limitaciones temporales y con la red de seguridad añadida que otorga la brevedad de las películas proyectadas. En esta ocasión, hemos podido revisar la sección Internacional de cortos en su totalidad (!). Han sido tres sesiones que el equipo de programación ha tenido a bien titular (en esto se parecen un poco a nosotros) Senderes, Perdicions y Espirals. Como puede resultar agotador (para el que lee y para el que escribe) hacer un repaso de los veinticinco cortometrajes que han compuesto la sección este año, nos parece más constructivo reseñar aquellos que más nos han llamado la atención. Quién sabe, tal vez algún día puedan verse en abierto, o aparecer sorpresivamente en Filmin, o servir para anotarse algún nombre a seguir, o simplemente para hacerse una idea de las vibraciones que atravesaron la sala durante esta peculiar semana de noviembre.
En el extremo más narrativo del espectro -y el menos surtido de la selección-, se presentaron piezas tan interesantes como Sauna Day de Anna Hints y Tushar Prakash, un breve pero revelador viaje a la intimidad de unos hombres que acuden a la sauna en algún lugar perdido de Estonia. Una trama muy simple, centrada en lo sensorial y con una fotografía de alto contraste que se apodera de la película y de sus pulsiones. Podría enmarcarse en esta zona también Pleine nuit de Manon Coubia, en la cual una joven que pasa sus vacaciones en la casa familiar, a orillas de un lago, recibe una visita inesperada de la policía que le descubre una curiosa pieza de su pasado familiar. No tiene un remate del todo fino, pero cuenta con una placentera fotografía de abundante grano y llama la atención por la forma de transmitir esos momentos en que las cosas nos pasan a una velocidad distinta, más calmada y acorde con los biorritmos naturales. Por último, está la graciosa Sombras nada más de Kathy Mitrani, que sin embargo se asoma a temas como la soledad o el fantasma de la muerte; y es precisamente la manera como lo aborda desde un costumbrismo fresco, pero sin dejar que las secuencias se arrastren y manteniendo siempre una cierta tendencia a la fragmentación, lo que le da ese ‘algo’ que nos gusta encontrar en estas sesiones.
Gravitando fuertemente hacia los veinte minutos, donde lo corto no es tan corto (los anteriores, de hecho, no andaban lejos de este rango), hay trabajos que se encuentran al borde del conflicto con su propia naturaleza de cortometraje pero que, si lo hacen bien, consiguen sumergirnos en pequeños mundos improvisados e hipnóticos, que acaban beneficiándose de ese delicado equilibrio en su duración. Podríamos hablar, por ejemplo, de la esquiva O jardim en movimento de Inês Lima, que nos lleva de excursión por el Parque Natural de la Arrábida y que, cada vez que parece vencerse a sus lánguidas formas, introduce algún detalle que enriquece este particular paseo, ya sea por la forma de filmar a sus personajes, por lo peculiar de algunas de sus acciones o porque no duda en tomar sin rubor desvíos hacia el fantástico. Aún más nos atrapa La historia se escribe de noche de Alejandro Alonso Estrella que, rodado durante los apagones cada vez más frecuentes en su patria, Cuba, genera una atmósfera ingrávida, por momentos poética, que transforma lo prosaico a base de esquivar lo explicativo -de hecho, no sabríamos del contexto de la película si no fuera por la presentación previa a la sesión. Una particular visión del quedarse a oscuras que conforma una de las propuestas más bonitas de la sección este año.
Por último, no podemos sino destacar algunas de esas películas que se hacen fuertes en la más absoluta brevedad, tan agradecidas de ver cuando esconden alguna idea con chispa en la forma o en el fondo. Es el caso de A film with sound (Take three) de Josh Weissbach, que eleva el formato del vídeo familiar haciendo partícipe de su pasión por el cine a su hija, y retratando esa dinámica con una intuición digna de aplauso, haciéndose valer tan solo de un rollo corto de película (tres minutos) y un plano fijo. Más recursos requiere la animación, y aún así surgen propuestas que hacen de la limitación virtud, como Silent Panorama de Nicolas Piret, dibujada sobre una sola hoja, que tiene el aliento de los cuentos para niños y absorbe los recursos del cómic para contarnos una accidentada noche de acampada. Sencilla, de trazo agradable, buen humor y llena de ideas visuales originales. O Nothing we say can change what we’ve been through de Francesca de Bassa, que hace un viaje por las complicadas experiencias personales de la autora sin ser insistente, aleccionadora o egocéntrica, y ofreciendo en su lugar un trabajo límpido, libre, con un gran uso de las técnicas combinadas y, en última instancia, un mensaje luminoso.
Éste sería nuestro recorrido personal si tuviéramos que montar una sesión para terceros, y seguro que será distinto al que haría el compañero de al lado -sin ir más lejos, ganó finalmente el premio al mejor corto internacional Kindergarten de Yann les Jours que, más allá de su vocación experimental, nos pareció de lo más insulso. Es la salsa de L’Alternativa: no se deja leer en una sola dirección, nos pide que pongamos de nuestra parte y, a cambio, nos da algo diferente a lo que vemos los once meses restantes del año.





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