Crónica Sitges 2024 (VI): La herida y el desinfectante

Pasado ya el ecuador del festival, es un buen momento para soltar algo de lastre y ventilar varias películas de esas que nos generan crisis cinéfagas, que llegan a empañar algún día pero de las que, al final, tenemos que dejar constancia, porque quien no conoce la Historia está condenado a repetirla. Seremos breves para que las siguientes líneas sirvan de aviso para navegantes, pero no hagan más daño que quitar una tirita (pese a que la síntesis de la descripción puede crear una sensación agudizada de ensañamiento no siempre voluntaria).

Confesaremos así que Basileia de Isabella Torre es un soberano coñazo que pretende rellenar el minutaje necesario para configurar un largo a base de atmósfera paisajística, pero que en el fondo es tan solo una bella fotografía por la que se pasean actores mediocres, una trama de cortometraje y unas ninfas que juegan el reclamo de lo pagano, para finalmente caer por su propio peso porque no hay detrás material que lo sustente.

Meanwhile on Earth es el intento de Jérémy Caplin, director de la estupenda ¿Dónde está mi cuerpo? (2019), de dar el salto a la imagen real; la magia y destilación temática y estética que conseguía en el terreno animado se pierden en esa transición, y tan solo queda una cinta de ciencia ficción lo-fi con pasajes muy interesantes, pero por lo general desabrida y lánguida, que se aguanta argumentalmente con pinzas y que por momentos se hace confusa e incluso pesada.

She loved blossoms more de Yannis Veslemes es lo que ocurre cuando alguien con demasiado amor propio engatusa a alguien con dinero para hacer cine: cuatro aparatos retro, luces de colores y unos diálogos secos recitados por unos personajes planos y antipáticos no hacen cool una película, por más que se complemente con unas gotas de sexo y algún efecto de maquillaje conseguido; detrás hay un guión sin pies ni cabeza y una realización menos inteligente de lo que se cree.

Por último, The Storm de Yang Zhigang invoca (está vez sí) a Ghibli, pero olvida cuál es el alma de una buena historia; los chinos no consiguen salir del desarrollo más básico, reiterativo y rutinario del cuento, por más que en esta ocasión el envoltorio técnico sea espectacular y el dibujo precioso: poco puede hacerse cuando el gólem tiene los pies de barro.

Afortunadamente, las anteriores sesiones se han dado de forma más o menos salteada y, bien descansados sin que sirva de precedente, nos levantamos un miércoles 9 de octubre para descubrir qué nos ofrece Sanatorium under the Sign of the Hourglass de Stephen y Timothy Quay, dos hermanos que llevan más de 40 años haciendo animación stop motion, aunque nosotros nos enteremos ahora. Al igual que, aparentemente, el resto de su carrera, Sanatorium… tiene un carácter marcadamente experimental. Basada en una novela de Bruno Schulz, viajamos en tren junto a Jozef, que se dispone a visitar a su padre moribundo en un antiguo sanatorio de una remota región polaca. Ante nuestros ojos van desfilando escenas próximas al sketch, de títulos sugerentes y contenido libre, pobladas de personajes extraños, paradojas temporales, juegos de lentes y regusto macabro. Si bien el Festival ha recomendado la película a los amantes de Phil Tippet, también podríamos pensar en el trabajo de Robert Morgan y, a la vez, los Quay mantienen una identidad diferenciada con sus propias filias, como las deformaciones de la luz, la fotografía en cuasi blanco y negro, las imágenes en repetición y el absoluto desdén por la narrativa convencional. Sanatorium under the Sign of the Hourglass es el tipo de película que nos gusta encontrar en un festival: creativa, arriesgada, difícil de encontrar fuera de los confines de estas salas. Es una experiencia exigente, tal vez de nicho, pero que sin duda vale la pena probar.

Resulta curioso que esa misma noche nos hayamos decidido por Mr. K de Tallulah Hazekamp Schwab, porque esta muestra de fantástico que tiene como principal reclamo al actor de culto Crispin Glover, tira también de personajes atrapados en edificios ominosos, con la claustrofobia como elemento omnipresente a lo largo de todo el metraje. Así es como el protagonista de Mr. K, un ilusionista que viene a actuar a un remoto hotel, se encuentra obligado a integrarse en un ecosistema de locos, con sus propias reglas y jerarquías de las que resulta imposible escapar, porque las puertas al mundo exterior han desaparecido por completo. La película hace estupenda pareja, pues, no sólo con la anterior Sanatorium…, sino con nuestra estimada Malpertuis, tirando de una estructura eminentemente episódica y de la concatenación de personajes y situaciones absurdas como norma y motor de la trama. Su descolocado protagonista nos lleva siempre de la mano por este viaje a las entrañas de un edificio que parece tener vida propia, y el resultado es una cinta tan entretenida y accesible como estimulante, que hace que nos vayamos a dormir de muy buen humor y deseando que el cine comercial aspirara más a menudo a cosas como ésta.

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