Hay un buen puñado de películas que escogemos con ninguna o pocas referencias a la hora de diseñar nuestra programación para el festival: hay ‘algo’ en ellas o en su contexto que nos llama la atención y queremos mantener ese ‘algo’ fresco hasta que nos llevemos la correspondiente alegría o decepción. En el caso de Continente de David Pretto, tenemos el buen recuerdo de Bacurau (K. M. Filho y J. Dornelles, 2019) y de Propriedade (Daniel Bandeira, 2022), así que nos apetece seguir esta posible tendencia dentro del cine brasileño que mezcla lo enérgico con lo social. En Continente visitamos nuevamente el mundo de las haciendas y los secarrales, la tensión entre patrón y trabajadores, esta vez tomando el punto de vista de una mujer que vuelve a casa desde Francia ante la inminente muerte de su padre, con la responsabilidad añadida de tener que encarar el futuro de los terrenos familiares. En esta ocasión, se introduce un elemento fantástico en forma de vampirismo sistematizado y de vibraciones casi caníbales, con algunas secuencias verdaderamente intensas e inquietantes. Pero lo cierto es que la metáfora sobre las relaciones jerárquicas de este sistema post-feudal se queda en la superficie, sin que añada matices o nuevos puntos de vista a lo que ya se explica por sí mismo sin la necesidad del género. Se trata de una herramienta para generar un cierto grado de misterio y tensión, pero que falla a la hora de trascender, alargando una película que en el fondo no tiene tanto que contar. Así pues Continente se queda finalmente a medio camino y deja una sensación de prueba fallida.
Seguimos con esas películas que introducimos en nuestro cuadrante un poco porque sí: Arcadian de Benjamin Brewer está planteada como una especie de sesión de confort. Por la simple razón de que es la incursión de Nicolas Cage en esta edición del festival, y en los últimos años parece que si no hay peli suya falta algo. Sin ningún tipo de expectativas más allá de pasar un buen rato, nos sorprende encontrarnos con una película bien pulida, equilibrada, elegante. Arcadian es un survival, subgénero al que no somos especialmente afectos, pero cuenta con personajes bien escritos (y con sólidas encarnaciones por parte de los jóvenes Jaeden Martell y Max Jenkins), un desarrollo contenido y una producción perfectamente ajustada a los medios disponibles. A ello se le debe sumar un inquietante diseño de criatura para los bichos que, en el universo de la cinta, han dado al traste con la civilización y una interpretación de Cage limitada en el tiempo pero muy bien circunscrita a la historia e integrada a nivel dramático. La única pega que se le puede poner a Arcadian es que no cuenta nada nuevo; pero lo que cuenta (una historia de crisis y amor fraternal y paterno-filial en momentos de transición a la edad adulta), lo cuenta muy bien.
Los amantes del humor manchego tienen cita por la tarde con Bodegón con fantasmas, debut en el largo de Enrique Buleo. La película da exactamente lo que esperábamos de ella tras leer el título (que fue el único elemento que necesitamos en este caso para escogerla): cuadros de humor costumbrista salpicados con espíritus que tienen una pata en el más allá y otra en el más acá. Cuentos de resignación, fe rutinaria, descreimiento pragmático y existencialismo de mesa camilla, con fuerte sabor a pueblo, en cinco historias cortas que mantienen un nivel bastante homogéneo (si acaso la última flojea un poco). La planificación es sencilla y sistemática, con tendencia al plano largo y el movimiento suave -manteniendo esa distancia a la que, como decía Chaplin, la vida parece una comedia-, los actores amateurs se mezclan con los profesionales y el guión propicia la sonrisa e incluso alguna carcajada con naturalidad. Bodegón con fantasmas no es una película explosiva, pero sí una muy fácilmente recomendable a cualquiera y de una especie necesaria para mantener el fondo de armario del cine español.
El remate de la jornada viene con A different man. Este es uno de esos casos en que ajustamos una película a nuestro horario de penalti: en un primer repaso no acabamos de verlo claro (la cinta tiene aspecto de drama puro y duro, y no es lo que priorizamos en un festival como Sitges), pero en una segunda vuelta a la programación algo nos dice que aquí puede haber tela que cortar; miramos el trailer y decidimos que tiene demasiado buen aspecto como para no darle un tiento. Y es que muchas veces hay que hacerle caso a la intuición y el bagaje acumulado: A different man es sin lugar a dudas la mejor novedad que hemos visto hasta el momento en esta edición. Dirigida por el americano Aaron Schimberg para A24 (exagerados aplausos en la sala), sigue la historia de un actor con neurofibromatosis al que se le presenta la oportunidad de revertir su afección. No van desencaminadas las reseñas que sacan a relucir los nombres de Charlie Kaufman y Woody Allen (referenciado en la película de forma literal) a la hora de situar las coordenadas del film. A different man es un drama con toques cómicos pero fuerte poso reflexivo y existencialista, que hace alarde de una finísima escritura -no en vano, le valdrá el Premio al Mejor guión del Festival- y unas actuaciones brillantes de Sebastian Stan, Renate Reinsve y Adam Pearson. Resulta una curiosa coincidencia que, como La sustancia, esta cinta gire en torno al impacto del aspecto físico en nuestras vidas y que, precisamente, sus fuertes sean justo aquellos aspectos que nos flojeaban en la película de Fargeat: aquí el tono es delicado, permanentemente en equilibrio inestable porque transita por lugares muy complejos, pero dominado con perfecto pulso; y los personajes son tremendamente interesantes, tienen profundidad y se retroalimentan con la historia que están contando en vez de navegarla como autómatas. Desde luego, la que nos ocupa no puede alardear de unas formas especialmente vistosas o rompedoras; pero no por ello resulta acomodaticia o deja de sentirse actual: es, ‘tan solo’, una excelente película.




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