Con el otoño todavía desperezándose, nos plantamos en Sitges un año más para asistir a la 57ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Catalunya; una edición que se nos antoja un tanto peculiar: no hay claros bombazos a la vista (si bien ya hace unas semanas que suenan insistentemente las campanas de La sustancia, de Coralie Fargeat), lo que por un lado puede desanimar un poco al personal, pero por el otro genera una forzada apertura de miras que permite disfrutar del certamen mucho más libres de expectativas; además, el mítico cine Retiro está cerrado por reforma integral y su lugar lo ocupa el exiguo Escorxador, que los últimos años estaba acogiendo la sección gratuita del festival, Brigadoon, lo cual se traduce en una notable reducción de butacas y que los acreditados tengamos prácticamente vetado el espacio, bloqueando la posibilidad de ver un buen puñado de películas interesantes que tan solo se han programado en esa sala.
Adaptándonos a esta coyuntura extraña, decidimos comenzar la jornada del jueves pasando por alto la película inaugural, Presence de Steven Soderbergh (que por lo visto se muestra de lo más esquivo con la prensa en su fugaz paso por el festival), para darle una oportunidad a Witte Wieven, anunciado como un folk horror -y van a desfilar unos cuantos por esta edición- venido de los Países Bajos, y con el punto a favor, viviendo como vivimos tiempos de excesos, de durar tan solo una hora. Si bien los compañeros de andanzas nos hacen notar que no nos hemos perdido gran cosa con el thriller sobrenatural de Soderbergh, también es cierto que la ópera prima de Didier Konings no es para echar cohetes. Bien fotografiada y ambientada en el medievo holandés, sigue la historia de una mujer estéril que entrará en contacto con los seres sobrenaturales de un bosque prohibido, despertando rápidamente el rechazo de sus vecinos y volviendo su ya dramática existencia en un calvario. El problema con Witte Wieven es que no va mucho más allá de una trama sencilla a la que le faltan un par de recovecos para acabar de despegar. Si a eso le sumamos un tramo final un tanto blando en el que tira de un imaginario cercano al fantástico de videoclip, el conjunto queda un tanto desmerecido, pese al buen hacer general de su primera parte. No es para nada un primer trabajo desdeñable, pero tal vez esperábamos más de esta sesión única en el cine Prado, que nos ha desviado del que era el camino evidente a la hora de diseñar nuestra programación.
Sin embargo, después se proyecta en el mismo Prado el lanzamiento más llamativo de la sección animada de esta edición: Memorias de un caracol, de Adam Elliot. El cineasta australiano se hizo un nombre a nivel mundial con la multipremiada Mary and Max, pero ya hacía quince años desde su anterior largo. En estas Memorias de un caracol mantiene sus señas de identidad, usando el claymation para introducirnos a unos personajes melancólicos que navegan por una historia de huérfanos e inadaptados, practicando un peculiar estilo que podríamos definir como ‘naif adulto’. Puede que a causa de esa superficie de tono infantil, en determinados momentos parezca que la narración transita por terrenos un tanto superfluos, ayudada por la omnipresente voz en off de su protagonista; pero siempre hay un poso de tristeza que la acaba enraizando y que consigue dotarla de una emoción más profunda. No puede negarse que se trata de una película con alma y, conforme acaba la historia, es difícil no soltar alguna lagrimita en nombre de esos dos hermanos castigados por las circunstancias, pero que por alguna razón se ven siempre empujados a seguir adelante, aunque sea con la timidez y la fragilidad con que lo haría un caracol.
Para rematar la jornada, conseguimos una entrada para el Auditori, concretamente para lo último de Quentin Dupieux, El segundo acto. Si bien el prolífico cineasta suele estar presente en el festival, el año pasado no se proyectó ninguna de sus dos películas, Yannick y Daaaaaalí!, una lástima teniendo en cuenta que justo estábamos empezando a pillarle el gusto. No hemos tardado como puede verse en desquitarnos, y nos encontramos de nuevo con una obra juguetona, que se dedica a romper esquemas narrativos, y que tiene la curiosa cualidad de resultar familiar porque se mueve perfectamente dentro del universo del director, a la vez que sería difícil calificarla como convencional o previsible. Como hace intuir el título, la historia comienza in media res y, en esta ocasión, se dedica a crear un extraño juego de metaficción, en que los intérpretes (fantásticos Léa Seydoux, Vincent Lindon, Raphaël Quenard y Louis Garrel) participan de una cinta romántica más o menos convencional, pero pueden romper en un momento dado la cuarta pared, a la vez que tampoco puede acabar de definirse qué hay de real y de ficticio en su rol… Por el camino, algunos chistes sobre la mojigatería moderna, gags físicos de trasfondo surrealista y personajes que sacan la gracia de lo irritante. La película de Dupieux es como de costumbre un tanto arrítmica, así como la distribución, tonalidad e intensidad del humor, pero esos elementos conforman por otro lado las señas de su propio lenguaje cinematográfico. Sintonizar con él es tremendamente subjetivo pero, en cualquier caso, esta es una de las propuestas más interesantes que hemos visto por su parte.




Pingback: Selección de estrenos: noviembre 2024 | PlanoContraPlano
Pingback: Selección de estrenos: febrero 2025 | PlanoContraPlano