Crónica Sitges 2023 (VII): Derribando géneros

Con ganas de remontar, nos pegamos el madrugón para asistir a la sesión despertador del Auditori. No tenemos alternativa: Takeshi Kitano estrena película, y es una de esas selectas personalidades que se han ganado a pulso que las sigamos allá donde vayan, independientemente del resultado. Su última ocurrencia es Kubi, una de samuráis que pasó por Cannes sin pena de gloria, y que aterriza en la Sección Oficial de este Sitges. Historia de rivalidades entre señores de la guerra, líderes de clanes y múltiples facciones, lo mejor es no obsesionarse con el quién es quién en Kubi. Como pasa en muchas producciones de época de este estilo, la cantidad de nombres y relaciones puede avasallar al espectador desprevenido. Pero al final, basta con estar al tanto de los cabecillas en liza y disfrutar viendo cómo se desarrolllan las conspiraciones, peleas, equívocos y engaños. Y de todo ello anda sobrada la última producción de Kitano que, sorprendentemente, es la más grande en escala de cuantas haya rodado. Algo muy curioso a estas alturas de su carrera, cuando parecería que su etapa dorada como cineasta pasó y hacía ya seis años desde su última película.

Por momentos, Kubi nos hace recordar el Ran de Akira Kurosawa (1985) con sus grandes batallas, que nunca hubiéramos pensado volveríamos a ver en una producción moderna. Pero Kitano es Kitano, y esa grandilocuencia y el corte clásico que impera en su película se van salteando, como quien no quiere la cosa, de momentos de humor absurdo, pasados de vuelta o ridículos. El director reverencia la tradición y a la vez juguetea con ella como un niño travieso; se deja llevar por la pomposidad para después permitirse un chascarrillo; convierte un gran drama de época en un vodevil con espacio para pequeñas sorpresas como son las subtramas de contenido homosexual. Por eso seguimos siempre al mítico cineasta: porque con que esté medianamente inspirado (y aquí lo está bastante), nos arregla la semana.

Con una sonrisa dibujada en la cara, ya más tranquilos, volvemos a nuestra sede personal, el cine Prado, para la segunda de las proyecciones que conforman este año la mini-sección Catalunya Imaginària (la otra ha sido la tristemente escurridiza Más allá de la muerte de Sebastià D’Arbó -1986-). Sabiendo de su relevancia dentro del fantástico nacional más experimental, aprovechamos para descubrir Fata Morgana de Vicente Aranda (1967). Y resulta en efecto toda una sorpresa, porque se trata de una película verdaderamente libre, críptica, surgida de la llamada ‘escuela de Barcelona’, y que retrata la ciudad como un lugar desolado, en estado de excepción, en el que tan solo transitan algunas personas que se dirían desconectadas de lo que ha ocurrido en algún acontecimiento de tintes apocalípticos (‘Los hechos de esta película ocurrieron tras los eventos de Londres’ rezan aproximadamente los primeros títulos). Siguiendo las aventuras y desventuras de una bella Teresa Gimpera, así como de un agente que parece estar buscándola sin demasiado éxito, Fata Morgana está pensada como un espejismo, como esa ilusión óptica que le da título, y pondrá a prueba a aquellos que busquen una coherencia argumental en ella, por más que uno pueda intuir un hilo conductor, y que haya toques de ciencia ficción impregnando el aire (de una austeridad, sin embargo, que hace que el Alphaville de Jean-Luc Godard -1965- parezca hollywoodiense). El guión del propio Aranda junto a Gonzalo Suárez huye de estudio y construye una pieza única, muy de su época, pero que a día de hoy aún cautiva a quien esté abierto a la experiencia.

Con espacio para darse un baño en la playa de San Sebastià como única contrapartida positiva a un cambio climático que está convirtiendo de manera preocupante el mes de octubre en verano, completamos la jornada con The invisible fight, una comedia dirigida por Rainer Sarnet, cuyo nombre nos apuntamos en negrita hace unos años tras ver aquí su anterior November. Para ésta cambia completamente de tercio, tomando como punto de partida las películas hongkonesas de artes marciales de los 60 y 70 y construyendo una especie de spoof movie que vira hacia su propio ecosistema, el de la esfera soviética, siguiendo las peripecias de un joven heavy (de los antiguos, de los de los primeros Black Sabbath) que, queriendo mejorar sus técnicas marciales, acaba metido a monje ortodoxo. Efectivamente, no tiene ni pies ni cabeza, y a eso juega continuamente Sarnet, soltando gag visual tras gag visual, haciendo de la celebración de lo absurdo y lo estúpido su bandera. Y la verdad es que The invisible fight tiene su aquel, ayudada por una admirable capacidad para captar formas, caracteres y referencias del pasado, que mezcla con enfoques que no pueden ser sino de este siglo. Pero también es cierto que su fórmula se agota, y al final sus casi dos horas se vuelven a todas luces excesivas, sobretodo cuando uno empieza a sospechar que el kung fu, si bien usado como telón de fondo, no va a ser el protagonista de la historia, y pasa de un arranque a lo grande a una trama principalmente circunscrita al monasterio donde ingresa el protagonista y sus aledaños. En definitiva, lo nuevo de Sarnet tiene gracia y mérito porque crea un mundo propio y auténtico, pero no despega del todo porque se queda demasiado atrapado dentro de él.

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