A quién no le va a gustar levantarse con David Cronenberg, digerir el desayuno con cucarachas y viscosidades, entrar en un pseudo-pasado alternativo con recuerdos al cine negro, conspiraciones, drogas y sexualidades exóticas… Nosotros no nos lo hemos pensado dos veces, y encaramos el día con El almuerzo desnudo (1991), que se presenta en el cine Prado (nuestra principal casa esta edición, más que nunca) en otra de esas restauraciones en 4K que quitan el hipo. Dentro del interesante ciclo clásico Ciudad Pánico, viajamos con el exterminador de plagas/escritor William Lee a esa ciudad-limbo arabesca que es la Interzona en un relato (siguiendo la línea de anoche) enfermizo, bañado en sustancias psicotrópicas y que se sumerge hasta el fondo en una amalgama de deseos homosexuales reprimidos y de fetiches imposibles (cómo volver a ver una máquina de escribir de la misma forma). De desarrollo renqueante, El almuerzo desnuda es a la vez críptica, misteriosa, árida, sugestiva… Con un enigmático Peter Weller y formas más extrañas que nunca de tratar la Nueva Carne, prefigura de alguna forma el último Cronenberg y es otro de esos proyectos que cuesta entender cómo llegaron a ver la luz. Gran oportunidad para los que la teníamos pendiente.
Padecemos, para amenizar la segunda digestión del día, una de las películas más insufribles que veremos en esta edición del festival. Se trata de Luka de Jessica Woodworth. Atraídos por una prometedora fotografía en blanco y negro, una ambientación post-apocalíptica de tintes místicos y la base argumental del ejército que espera a un enemigo que nunca llega, todas nuestras ilusiones se truncan al vernos metidos de cuatro patas en una trampa. Casting desacertado para unos soldados difíciles de creer, secuencia tras secuencia artie donde los personajes parecen estar en un taller de performance teatral, ideas de puesta en escena que buscan lo alegórico pero caen en el ridículo… Woodworth no es capaz de generar progresión narrativa ni emocional alguna, y lo juega todo a la sugerencia de las imágenes y a una construcción de mundos que se ven demasiado pronto superadas por el peso de sus pretensiones. No somos amigos de las afirmaciones negativas categóricas, pero es difícil describir Luka de forma más exacta que diciendo que es un soberano coñazo.
Afortunadamente, para quitar el mal regusto de boca tenemos como postre, tras la cena, uno de los platos fuertes de este Sitges: el preestreno de la última película de Hayao Miyazaki, El chico y la garza. Hacía ya tanto de la estupenda El viento se levanta (2013), que no esperábamos llegar a presenciar una nueva producción del genio japonés, pero ahí está. Y sorprende ver, ya en los primeros minutos, como todavía sigue con ganas, cómo guarda incluso algún rincón para la experimentación técnica. Con los mimbres narrativos habituales (un niño que se ve forzado a adaptarse a una nueva vida y entrará por el camino en contacto con un mundo mágico), El chico y la garza es visualmente despampanante y cargada de ideas en personajes, ambientaciones y movimientos -nunca olvidemos que Miyazaki brilla como ninguno en los pequeños gestos. También hay que reconocer, sin embargo, que resulta en exceso barroca, sin la solidez narrativa habitual y que sí conseguía mantener en sus obras maestras del fantástico más recargado, como El viaje de Chihiro (2001) o El castillo ambulante (2004). Por momentos, El chico y la garza parece un brainstorming donde los diferentes elementos se han sometido a un proceso de acumulación más que de entramado y le cuesta encontrar solidez en la construcción de su entelequia. Pero es que no se puede negar que le pesa el propio legado: tras cuarenta años de brillante carrera, ha conseguido que una obra muy notable como ésta, que en otras trayectorias supondría la cumbre de una carrera, en su caso parezca menor. No lo perdamos pues de vista, y disfrutemos de todo el encanto que aún es capaz de aportar el genio a sus dibujos (ese impagable reino de periquitos) y de emocionarnos con estos últimos compendios de su obra, en los que ya atisba su inquietud por proteger todo un legado de fantasías que son ya patrimonio de la humanidad.



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