Jackie

Tiene Jackie un planteamiento visual y narrativo particular, se nota la voluntad de Pablo Larraín -a quien descubrimos con la muy especial El club (2015)- de mantener una voz propia en su primera incursión norteamericana. Tal vez por eso elige un enfoque del biopic que opta por la crónica exhaustiva de los acontecimientos que envuelven el asesinato de Kennedy, vistos desde el punto de vista de la primera dama. Introducirnos en el personaje partiendo del instante que todo el mundo tiene en la cabeza, y que eclipsa cualquier conocimiento o recuerdo de la figura de Jacqueline Kennedy que el ciudadano medio pueda tener, parece una idea atractiva, y es llevada por el director hasta sus ultimas consecuencias.

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Ahora bien, puede que ese acontecimiento siga ocultando por su naturaleza a la figura retratada incluso después de terminada la película. Porque Jackie nos enseña el personaje, nos revela un carácter, pero en última instancia nos niega a la persona. Y es que por mucho que tenga sus momentos desmitificadores, que Natalie Portman aparezca llorando en un par de ocasiones o que se atisben algunas de las vulnerabilidades de la protagonista, las vicisitudes que atraviesa, los conflictos que desarrolla la película, siempre terminan girando alrededor del famoso magnicidio.

Vemos a una Jacqueline Kennedy que lidia con situaciones extraordinarias, pero nunca la vemos en un entorno cotidiano. Cuando está acompañada es siempre para resolver cuestiones oficiales. Cuando está sola, resulta difícil ir más allá del shock que esta viviendo, que es al final una fachada posible de su personalidad profunda. Jackie es, en definitiva, un retrato de la vorágine en la que se ve envuelta una persona de posición tan particular ante unas circunstancias excepcionales y de cómo esa persona lidia con ellas; pero nunca un retrato humano de la protagonista. Porque en tal situación es difícil llegar a él, por mucho que puedan aflorar elementos definitorios de su personalidad.

Solamente se vislumbra una humanidad más auténtica en Jackie en momentos puntuales, en los que parece que hace acto de presencia la verdadera mujer tras la faceta de figura institucional de primer nivel. Son esos momentos los que adquieren un valor especial, cuando el espectador juguetea y disfruta con la idea de construirse una visión más completa y compleja de lo que se muestra, de llegar al cogollo de la cuestión. Entre estos, los más agradecidos los proporciona el reverendo encarnado por John Hurt que, en su papel de particular confesor y consejero, consigue, desde la interpretación de lo divino, acercar al personaje de Natalie Portman a lo terrenal. Por desgracia, son instantes tan contados que a la larga la tarea de descifrado por parte del público resulta más frustrante que satisfactoria.

Así pues, por mucho que Larraín aporte un enfoque personal, su Jackie no consigue llegar más lejos que una propuesta más académica como pueda ser la de La reina, de Stephen Frears (2006) -seguramente la primera película que le viene a uno a la cabeza por cercanía en su planteamiento. En ocasiones, la Historia pasa por encima de las personas. Ya sea de sus propios protagonistas o de nosotros, los simples espectadores.

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