El inicio de la segunda semana del certamen vino marcado por las dos mejores películas que hemos podido ver en Sitges este año. Dos cintas tan grandes que solo un poco de perspectiva temporal permitirá establecer si se trata de auténticas obras maestras. Su disfrute, como no podía ser de otra forma, vino también emparedado entre un par de pinchadas de las gordas. A los efectos de que el lector huya de ellas, las reseñamos brevemente.
La primera es Trapped de Sagara, un suspense dramático con aires de western, que vuelve a caer en los mismos problemas que estamos viendo de unos años a esta parte en las producciones chinas: desarrollo de personajes pobre, construcción acumulativa pero sin evolución dramática real, diseño de producción lujoso pero falto de alma… Blockbusters de cartón piedra, en definitiva, tediosos y que hacen que pensemos en alejarnos durante un tiempo de la cinematografía de este país (como ya decidimos en el campo de la animación tras ver The Storm el año pasado), a no ser que nos traigan una de acción hongkonesa de toda la vida. La segunda es Fucktoys de Annapurna Sriram, muestra de un tipo de indie americano que también tiene más peligro que Mac Gyver en una ferretería. Es el que apuesta por un realismo mágico de esencias pop, que aúna sordidez con colorines, tono de cuento y personajes peculiares. Y, si bien durante un buen rato parece que tal vez Fucktoys se pueda disfrutar como un simple entretenimiento que extrae comedia de una fuente diferente de la que usa el cine más comercial, su final con giro dramático pero en última instancia intrascendente, hacen que no pueda obviarse el vacío absoluto que se esconde tras la cinta, entregada al puro onanismo estético. Pocas veces salimos cabreados del cine, pero estas dos películas nos lo han puesto realmente difícil… Afortunadamente, ahora viene lo bueno.
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