L’Alternativa no es sólo un festival en el que accedamos a otras formas de hacer películas, sino que también sirve para abrir ventanas a regiones del mundo que normalmente se encuentran ausentes en nuestra realidad cinematográfica. No suelen faltar así muestras de cine hecho en Sudamérica, África o el mundo árabe, ya sea por cineastas locales o visitantes con ánimos de comprender sus idiosincrasias. Ya quedó demostrado en nuestras anteriores proyecciones, y seguimos encontrándonos con ello mientras exploramos un poco más la Sección Oficial.
Por ejemplo, en Partition de Diana Allan se maridan las imágenes de archivo de la época de ocupación británica en Palestina con un montaje sonoro que mezcla lo ambiental y el relato directo de algunos refugiados. Sin duda es una cuestión de máxima relevancia y actualidad -si bien lo de Palestina trasciende lo actual, tras décadas de un drama humano infame-, pero lo cierto es que la película no consigue llegar a ningún puerto concreto con su planteamiento. Porque si bien pretende trazar una línea que una pasado y presente, y que algunas imágenes mudas son sin duda sugerentes (transitando la fina separación entre el exotismo colonialista, el gusto compositivo y la belleza inherente al retrato pretérito), el montaje no sigue un hilo conductor claro, así como la parte dialogada no se siente especialmente en sintonía con la visual, y al final resulta un todo deslabazado ante el que cuesta mantener el interés. Siempre quedan esos planos del zoco y el desierto, el canto profundo de una mujer desarraigada, o la imagen de un coche oficial inglés alejándose, dejando tras de sí un territorio condenado para las generaciones venideras; pero en última instancia Partition falla a la hora de relatarnos la realidad palestina con cierta profundidad emocional o política.
Mejor suerte corre Monikondee, un documental probablemente semificcionado en el cual acompañamos a un barquero que remonta el río Maroni, entre Surinam y la Guyana Francesa, intentando ganarse la vida mientras reparte mercancías a las comunidades dispersas a lo largo de su curso. Monikondee se convierte así en una suerte de road movie de tintes etnográficos, que nos acerca a otra realidad post-colonial (en esta ocasión de herencia neerlandesa) y nos muestra el irreconciliable choque entre los modos de vida tradicional, basados en la explotación de los recursos básicos de la tierra y el trueque, y el moderno modelo capitalista, que absorbe sin remedio estas comunidades, acompañado de una filosofía extractivista (imprescindible la narración de la progresiva llegada a la zona de chinos, brasileños y estadounidenses), la desestabilización del medio y el debilitamiento de los lazos sociales. Los cineastas, Lonnie van Brummelen i Siebren de Haan, consiguen mostrarlo todo con un ritmo y una ligereza encomiables, a base de pequeños encuentros con personajes variopintos, algunas anécdotas divertidas, digresiones aquí y allá, que hacen que nos integremos perfectamente como tripulación de esta embarcación que hace aguas y que no es sino un reflejo de la fragilidad de los lazos que nos unen con el entorno y con nuestra esencia primordial.
Cambiamos de tercio a continuación con Ulysses, del japonés afincado en Madrid Hikaru Uwagawa. Bebiendo seguramente de su experiencia como migrante, articula su primer largo alrededor de varios pequeños relatos de personas que están aquí siendo de allí, que tratan de capturar esa sensación de desubicación, de intentar hacer hogar de un lugar que nunca se corresponderá con la propia identidad. Sin embargo, esos diferentes fragmentos no consiguen explorar las historias o caracteres de sus protagonistas. Están tan anclados en la búsqueda de una naturalidad en los diálogos y situaciones, que acaban por no contar nada, por quedarse en una autenticidad superficial. Sin ser grandes entendidos -ni interesados- en su cine, nos parece ver influencias del coreano Hong Sang-soo en los sencillos planos y la búsqueda de lo casual, pero ni la imagen está del todo pulida ni lo que cuenta resulta interesante. Un lástima, teniendo en cuenta el potencial de su planteamiento…
Nos llevamos, sin embargo, una gratísima sorpresa con nuestra última incursión en esta selección de novedades del año gracias a Short summer de Nastia Korkia. Rodada en Serbia pero aparentemente ambientada en Rusia, de donde es oriunda la directora, seguimos a Katia, una niña que pasa el verano en el campo con sus abuelos. De telón de fondo, una guerra (¿la de Chechenia?) que sin embargo se filtra en la aparente tranquilidad cotidiana, junto con los sinsabores de una edad adulta que Katia por el momento tan solo vislumbra sin poder aún identificarse con ella. La película, así, se plantea como un fresco sin estridencias ni subrayados, apoyado en planos amplios y largos, exquisitamente fotografiados y con un uso intensivo del montaje interno. Uno se ve sumergido en esa cápsula temporal en la que todo pasa a una velocidad distinta y todo parece distante y cercano a la vez. Short summer es una experiencia absorbente, realizada con sorprendente precisión y gusto para ser nuevamente una ópera prima; y, si el otro día pensábamos que Monikondee podría formar un interesante díptico con O riso e a faca, ésta bien podría maridar -cada una desde sus propias coordenadas- con el Estiu 1993 de Carla Simón (2017). No por casualidad se llevó un premio en el Festival de Venecia, si bien aquí se va de vacío. Cada lugar, unas coordenadas.



