Tras diez días intensos de cine, llegamos por fin a nuestra última jornada de festival, y lo hacemos dejándonos caer a primera hora de la mañana por el Melià para evaluar la película de clausura de este año, La larga marcha. Adaptada de una novela de Stephen King (autor adaptable y adaptado donde los haya), se trata de una muestra de lo que podríamos llamar terror social: en un EE.UU. distópico, un grupo de jóvenes participa en una competición que consiste en caminar sin parar hasta que solo quede uno. La marcha está supervisada por el ejército de forma que, como puede suponerse, las retiradas no son exactamente pacíficas… Escrita en 1979 (cuidado, mucho antes incluso que cosas como Battle Royale), la situación que retrata King tiene interesantes ecos en el mundo actual, en un nuevo alarde de lucidez por su parte, que puede contrastarse recuperando también cosas como La zona muerta. Ello, sumado a la eficaz dirección de Francis Lawrence -director de las estimables Constantine (2005) o Los juegos del hambre: En llamas (2013)-, que consigue mantener el interés constantemente pese a estar realizando una road movie a pie y sin apenas digresiones, y a la dupla protagonista formada por Cooper Hoffman (hijo del gran Philip Seymour) y David Jonsson (lo mejor de Alien: Romulus -Fede Álvarez, 2024-), convierten a La larga marcha en una sólida pieza de cine comercial que además tiene cosas que decir y no reniega de la crudeza de su material. Es decir, una grata sorpresa.
Hagamos ahora un paréntesis para comentar Dog of God, cinta que no pudimos ver durante los primeros días del festival por la rigidez de los horarios, pero de la cual nos han hecho llegar amablemente una copia. Película de animación letona ambientada en el siglo XVII, Dog of God es un relato de colores vivos pero tenebrosos, humorístico pero sórdido. El oscurantismo religioso de la Edad Media entra en colisión con los inicios de la Edad Moderna en una historia por la que transitan curas, cortesanos, aldeanos y vagabundos. El robo de un objeto sagrado, acusaciones de brujería y la búsqueda de una fertilidad perdida en el barro de un entorno hostil y unas estructuras de poder decadentes dan como resultado una película de aire enfermizo, a partes iguales arrítmica y estimulante, que mezcla la reiteración de personajes indeseables con secuencias cercanas a lo alucinógeno. Realizada principalmente mediante rotoscopia, se trata de toda una rareza, que sólo en algún momento nos hace recordar La noche del fin de los tiempos (Pillip Gelatt y Morgan Galen King, 2021), siendo durante el resto de metraje su propia criatura grotesca. Nos sorprende saber que Lituania la ha seleccionado para enviarla a los Oscars: difícilmente conseguirá una película así colarse en esta carrera, pero bravo por el atrevimiento. Ojalá más países enviaran propuestas tan radicales y más académicos tuvieran el valor de contemplarlas como serias candidatas.
Finalizamos nuestro periplo por Sitges con doblete de clásicos japoneses. Por la mañana, recuperamos Angel’s egg, película de Mamoru Oshii a la cual seguimos la pista desde hace años y que para nuestra sorpresa se presenta aquí restaurada en 4K con razón de su 40º aniversario. Se trata de una pieza de ciencia ficción eminentemente ambiental, en la que los protagonistas se pasean por escenarios devastados por alguna catástrofe indeterminada, tras la pista de reliquias de una civilización pasada. De alta carga simbólica, se le notan las limitaciones asociadas a su formato de OVA (animación directa a vídeo), pero resulta a la vez una estimulante muestra de esa fantasía oscura que se perdió en algún momento del camino hacia el nuevo milenio (quién sabe si el del verdadero apocalipsis). Por la tarde, le toca el turno a Jigoku, una apuesta de Seven Chances que relata una serie de desdichas encadenadas que derivan en un viaje de los personajes al mismísimo infierno. Dirigida en 1960 por Nobuo Nakagawa, es una propuesta estilizada, que saca el máximo partido de su exiguo presupuesto y explota el rodaje en sencillos platós para crear escenas de potente plasticidad. Conforme avanza, la película se recrea en la representación de los diferentes reinos del infierno budista, tornándose en una especie de ensayo performático que va disolviendo la dramaturgia. Digna de verse.

Así cerramos un año más mirando al pasado, que siempre tiene algo valioso y sorprendentemente nuevo que mostrarnos. Por su parte, el presente ha dejado como capitana del palmarés a La hermanastra fea de Emilie Blichfeldt, de la que todo el mundo nos ha hablado bien y que ya puede verse en cines. En un ya habitual alarde de voluntad ecuánime que no hace sino desdibujar los premios, todo queda muy repartido, con algún odioso ex-aequo incluido. Además de lo que hemos visto, nos dejamos anotadas Obsession de Curry Barker -Premio Especial del Jurado y Carnet Jove- y, por alusiones, Primate de Johannes Roberts, OBEX de Albert Birney y Together de Michael Shanks. Y nos alegramos de ver que Mr. K (Tallulah Hazekamp Schwab), que tanto disfrutamos el año pasado, se ha llevado finalmente, tras la correspondiente gira europea, el Méliès d’Or. Con todo esto en la mochila, nos disponemos a pasar la última noche con los amigos y comentar la jugada, defendiendo cada uno sus favoritas, ensañándonos en grupo con los más claros despropósitos y disfrutando en definitiva de lo que es compartir la pasión por el fantástico. Y que dure.



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