Para completar nuestra visita a L’Alternativa de este año, quisimos ver algún largometraje de la cosecha 2024. Y, aunque empezamos con un pequeño traspiés, al cambiarse de horario y sede la proyección de la ciencia ficción minimalista The Human Hibernation de Anna Cornudella (y lo comentamos porque parece que ha conseguido distribución para principios del año que viene), pudimos reconducir la situación con un par de títulos de la sección oficial que nos dejaron muy buen sabor de boca.
Fue el caso de Apple Cider Vinegar de Sofie Benoot que, desde el confort del Auditori del CCCB, nos hizo partícipes de una narrativa que seguramente hubiera disfrutado Isaki Lacuesta. Porque Benoot construye su película a partir de una anécdota -la extirpación de una piedra del riñón- que sirve de núcleo para la ramificación en otras micro-historias conectadas levemente a nivel temático y fuertemente a un nivel intuitivo, y que van conformando poco a poco un mosaico en que la geología se cruza con la biología, la experiencia cotidiana se confronta con el estado del mundo global y lo grande y lo pequeño se funden en el todo interconectado que es la realidad que habitamos. Tan pronto la protagonista (no queda claro si se trata de la propia directora y guionista, o de un personaje construido) se dedica a mirar webcams que registran espacios naturales de todo el mundo, como se pone en contacto con una geóloga que resuelve casos criminales o viaja para ver cómo se vive al lado de una cantera palestina. Mientras tanto, una sempiterna voz en off nos acompaña en este viaje, hilando pensamientos y fragmentos, interaccionando de una forma muy original con los personajes que aparecen en pantalla y cohesionando, en definitiva, este relato oral de exploración personal y ambiental. Una agradable sorpresa que deja alto el listón de la sección oficial del Festival (y acabará por llevarse una mención especial del Jurado).
El otro descubrimiento es Las muertes de Chantyorinti de Hermes Paralluelo, una película que fusiona lo documental con lo narrativo y lo poético. Sigue a un indígena asháninka de la Amazonía que se debate entre la tradición y la modernidad, porque en el momento en que una tribu es ‘contactada’, la vuelta atrás se antoja imposible. Se genera así un relato en el que Luis (como hace llamarse el protagonista, y que el director nos revela tras la proyección, es su nombre preferido por delante del nativo) intenta transmitir las prácticas de supervivencia y la mitología propias de su cultura de origen a su hijo, en un equilibrio imposible, dado que ambos se mueven en ese espacio fronterizo que parecería asimilable al de un western moderno y, por momentos, de aire marciano. Sin dejar nunca el punto de vista asháninka, Paraluello nos acerca a sus personajes con tan sólo unas pinceladas y una cadencia cercana al mantra, amplificada por toda la riqueza de los sonidos de la jungla y un blanco y negro que potencia los ecos ancestrales del relato. A ello se le suma un magnífico uso del encadenado y una especial sensibilidad para filtrar el pensamiento mágico indígena, con los que consigue algunas de las imágenes de mayor belleza plástica de este año. Las muertes de Chantyorinti es una pequeña joya que, por momentos, conecta con el Tío Boonmee recuerda sus vidas pasadas de Apichatpong Weerasethakul (2010), y bien merecería una difusión mayor de la que probablemente tendrá (por más que el público dispuesto a recibirla sea limitado).
Por último, nos apuntamos a A queda do céu de Eryk Rocha i Gabriela Carneiro da Cunha. Se trata de otro acercamiento a la Amazonía, en este caso al pueblo yanomami, y ahora desde una perspectiva cien por cien documental. El problema es que la película alarga innecesariamente cada secuencia y, pese a sus buenas intenciones a la hora de poner en valor a esta tribu que también vive avasallada por la irrupción del ‘progreso’, de interesarse por los rituales chamánicos que pugnan por sobrevivir dentro de una cultura que se muere, y de lanzar una advertencia sobre el modelo de depredación que hemos adoptado como civilización, no consigue rascar más allá de la superficie. Las imágenes son planas, las intervenciones e incluso la concatenación de secuencias, repetitivas. Y no consiguen los realizadores captar la esencia de su objeto retratado. El resultado es así decepcionante, e incluso se siente cercano a lo intrascendente, más aún tras haber visto otra muestra de cine con vocación etnográfica y espíritu conservacionista -por más que lo haga desde un tratamiento cinematográfico en las antípodas de éste.
Nos gustaría habernos desquitado de este pequeño tropiezo con la película de clausura, ni más ni menos que lo último del portugués Miguel Gomes, Grand Tour; pero parece que las entradas para la proyección, que se celebra en el reivindicable Cinema Maldà, han volado. Las impresiones de los asistentes son excelentes, así que habrá que intentar cazarla a lo largo del próximo año. Se junta así también al triunfo que supuso la película inaugural, Dahomey de Mati Diop, con lo que a los organizadores les ha quedado una apertura y cierre de Festival redondos este año. Ahora habrá que esperar a ver cómo se concreta la presencia online del certamen en Filmin, para cazar algún otro retazo de una programación que, un año más, abre nuevas puertas a nuestra concepción de lo que es y lo que puede ser el cine. Uno de esos espacios que pueden llevar con orgullo y con todas las consecuencias el nombre que se han dado a sí mismos. Que viva L’Alternativa.



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