Americana 2024 (II): En la textura está el gusto

Si hay un lugar ideal para los románticos (muchas veces un lugar obligado, para qué negarlo), es el cine independiente. Allí es donde los que se mueven en los márgenes de la industria pueden explotar sus inquietudes hasta donde les llegue el talento y, sobretodo, el presupuesto. Y siempre hay un grupito de gente a la que le chifla remarcar la textura de sus imágenes. Que quiere recuperar esas sensaciones que sólo se despiertan ante un buen plano fotografiado en celuloide. O no, porque cada vez más, mal que nos pese y gracias a los avances tecnológicos, consiguen el efecto de aquella imagen analógica (o una que se acerca tanto que ejerce un efecto placebo) sin la necesidad de gastar fajos y fajos de billetes por el camino. Y nosotros, como buenas víctimas de la estética, siempre nos sentimos atraídos de forma natural hacia las películas que huelen a imagen cuidada…

Así que la primera que escogemos para testar el terreno es What doesn’t float, opera prima de Luca Balser, que se acerca al festival para presentarla, y que cuenta con alicientes adicionales de partida: una duración poco superior a la hora; la curiosidad de ser, pese a ello, una película de episodios; la participación en la fotografía del invitado de honor de esta edición, Sean Price Williams… Lo cierto es que todos los elementos le juegan a favor. Los relatos que componen la cinta son muy sencillos, pero perfectamente hilados y generan la agradable sensación de estar funcionando en diferentes capas de significado. Son piezas de apenas diez minutos (excepto el último, que debe duplicar dicha extensión), y que nos transportan a sitios, personajes y situaciones muy diversos, siempre dentro de la geografía neoyorquina. Ninguno desmerece el conjunto, están rodados con gusto, van de lo divertido a lo punzante, nunca se olvidan de integrar de forma natural el medio acuático al que remite el título y se sienten dignos herederos de la tradición cuentística. Su director señala que uno de sus referentes fue la argentina Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014) y a nosotros nos quiere recordar a una mezcla con la infravalorada Yosemite (Gabrielle Demeestere, 2015)… Habiendo sido una de las primeras películas a las que le echamos el ojo al repasar la programación de esta edición, acaba resultando un agradable acierto.

Y es el invitado estrella, el antes mencionado Sean Price Williams, quien este año se ha lanzado por primera vez a la dirección de un largo con The Sweet East. Si sobre la anterior cinta no podemos poner la mano en el fuego, ésta sí que sabemos de buena tinta que se ha rodado con película de 16 mm, una forma que tienen los directores de fotografía de ofrecernos dos tazas de aquello que nos estamos perdiendo (y que, sin embargo, ahí sigue, resistiendo)… Superficie analógica a parte (y es una bella superficie) The Sweet East es una road movie sin reglas establecidas, con un tono que podríamos definir como irrealismo mágico, con una protagonista que va dando tumbos por el país a golpe de improvisación, que tiene la picaresca por bandera y no duda en aprovecharse de sus encantos, de su ingenio y de las arbitrarias reglas que en muchas ocasiones rigen el mundo de la película para trampear las más variopintas situaciones. Se trata de un viaje tan sugerente como disperso, cuya falta de pretensiones puede resultar algo superficial, pero que encuentra su anclaje en el carisma y belleza de su protagonista, la joven Talia Ryder, en la riqueza de sus imágenes y situaciones, y en la falta de complejos de su planteamiento. Con momentos verdaderamente fascinantes, The Sweet East marca un interesante debut para el afamado director de foto.

Alguien menos conocido es Robert Kolodny, el realizador de The featherweight quien, sin embargo, comenta antes de su proyección que también ha tocado el terreno de la fotografía con anterioridad. Lo que decíamos, se les ve a una hora lejos… En su caso, no obstante, la recreación que hace de la estética cinematográfica de los sesenta es impresionante, ya no sólo en lo que respecta a la propia naturaleza de la imagen (y pese a provenir de nativo digital) sino del diseño de producción, teniendo en cuenta sus fuertes limitaciones presupuestarias. Cuenta la película la vuelta al ring del boxeador Willie Pep, el luchador con más victorias en la historia el pugilismo profesional. Tratando de distanciarse de las consabidas referencias del cine sobre este deporte y buscando las mismas en el de documentalistas como Robert Drew o D. A. Pennebaker, Kolodny hace uso del montaje picado, la cámara nerviosa y las escenas con fuerte componente de improvisación. Tanto es así, que los organizadores han incluido su película en la sección DXCS!? (sic) por más que se trata de un falso documental. Los méritos de The featherweight son muchos, sobretodo en el plano formal, pero también hay que reconocer que la película se embarra en el plano narrativo, llegando a resultar redundante y con dificultades para seguir ahondando en la psicología de sus personajes tras los primeros compases. Resulta un experimento interesante, pero que en última instancia encuentra dificultades para desarrollar su potencial.

Y para cerrar el círculo, un documental con todas las de la ley, King Coal de Elaine McMillion Sheldon. A diferencia de las anteriores, ésta no intenta reproducir el ‘toque’ especial del celuloide, pero sí que la vincula a esa tendencia esteticista la voluntad de buscar un fuerte efecto plástico a través sus imágenes. Y es que la gran fortaleza de King Coal es cómo enfoca su objeto de estudio -las extensiones de los Apalaches de tradición minera, cuya economía se basa desde hace generaciones en la extracción del carbón- desde lo poético. Y crea un relato de tintes mitológicos en el que esa cruda actividad, de apariencia casi anacrónica (por más que sigue vigente en el presente), enraiza con la propia tierra generadora de este fósil y ahonda en la fuerte imbricación de la imaginería minera en las vidas de las comunidades a las que ha sustentado con más o menos tino a lo largo de las décadas. Es en el juego de contrastes, así como en la creación de imágenes cercanas al fantástico, de una belleza onírica, donde McMillion consigue destacar, haciendo que su película reverbere más allá de la simple documentación de una realidad cotidiana. Puede que por el camino se le vaya desdibujando el foco, y acaba por divagar un tanto, cuando parece que ya está casi todo dicho, y que los hilos narrativos y estilísticos que ha ido lanzando buscan una conclusión a la altura que no llega a concretarse; pero sin duda King Coal es una muestra de cine documental diferente, con una directora dispuesta a experimentar con el formato y con capacidad para generar secuencias de una potencia visual innegable.

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