Americana 2024 (I): Un ‘indie’ conservador

Volvemos, un año más, al Americana Film Fest, nuestra cita de referencia del invierno-primavera barcelonés. Y este año, el certamen amplia nuevamente su propuesta extendiéndose al Espai Texas, clásico local de Gràcia reabierto hace tan sólo unos meses, tras su anterior etapa impulsada por el recién fallecido Ventura Pons. En medio de estos ciclos de generación, decaimiento y regeneración, el Americana nos ofrece, una vez más, su notablemente ecléctica programación. Y nosotros, en estas crónicas, intentaremos agrupar, como hemos hecho casi desde sus inicios, las películas que hemos visto de forma levemente temática o tonal, en función de nuestra intuición y del humor del momento.

Para comenzar, y hablando de la transformación y de la vida, abrimos fuego con Lousy Carter, la primera cinta que hemos visto en esta edición. Por lo que cuentan desde la organización, hacía tiempo que iban tras su director Bob Byington y, por nuestra parte, es el primer contacto que tenemos con la filmografía del invitado. En ella, un profesor universitario de literatura es diagnosticado de una dolencia terminal y se verá obligado a afrontarlo desde la perspectiva de su gris vida. Planteada como una comedia, Lousy Carter está llena de personajes cínicos y de sarcasmo, pero aqueja de unas formas que empiezan a sentirse viejas dentro del indie. Bien es cierto que contiene múltiples diálogos con gracia y que se ve con ligereza, pero también que no se percibe profundidad en los personajes, que parecen hablar siempre por boca del guionista y desde una posición un tanto autocomplaciente. Impermeables al sentimiento, la misma sequedad que ha de provocar los momentos hilarantes acaba por transmitir una incómoda sensación de vacuidad. Si a ello se le suma una fotografía poco inspirada y unas formas que por lo general no dejan mucho margen a la innovación, Lousy Carter acaba por resumirse en una concatenación de gags dialogados con voces intercambiables cuyo postureo nihilista suena ya algo caduco…

Luego llega The Artifice Girl, ópera prima de Franklin Ritch, quien también firma el guión y protagoniza la película. Y no sólo eso, sino que se atreve con una propuesta de ciencia ficción pese a su exiguo presupuesto. Esa acaba siendo tanto su fortaleza como su tendón de Aquiles, ya que The Artifice Girl juega, para hacer posible su propia existencia, la baza de la localización prácticamente única. Y hay que tener muchas tablas para convertir dicha limitación en una pieza cinematográficamente interesante. Por desgracia no es el caso, y la película se basa en el diálogo constante, sin conseguir escapar a esa odiosa sensación de (qué expresión más odiosa también) teatro filmado. Hay que reconocer que el texto tiene muchos puntos de interés, explorando los límites de la inteligencia artificial, haciéndose preguntas sobre un caso práctico que además da mucho juego desde el punto de vista ético. Pero también, por el camino, titubea a la hora de crear suspense, alarga las escenas más allá de lo deseable y deja ver, en definitiva, sus déficits tanto de presupuesto como de tablas tras las cámaras, con un tratamiento audiovisual eminentemente plano. Ni siquiera la siempre interesante presencia de Lance Henriksen en el segmento final de la película consigue sacar a flote una cinta con muchas mejores intenciones que resultados.

Así las cosas, empezamos un tanto resabiados con Vida adulta. Al ver esa fotografía lechosa que caracteriza el cine independiente de bajo presupuesto rodado en digital, con el habitual Michael Cera (que, no en vano, es a la vez una de las principales razones por las que hemos venido), y frente a una previsible premisa de joven adulto inmaduro que realiza un inesperado viaje iniciático al volver a su ciudad de origen, no podemos evitar hacernos a la idea de que nos espera una ristra de reseñas cenizas sin solución de continuidad. Pero mira por dónde, en este caso las apariencias engañan. Porque si bien hay algo de todo lo que hemos comentado hace un momento, también es cierto que en esta ocasión nos encontramos ante una historia bien escrita, matizada y excelentemente interpretada, que fluye sin prisas pero sin pausas, que sabe jugar las bazas habituales del cine de este género sin que lleguen a oler a sobado. Los personajes tienen más enjundia de lo que en un inicio podría parecer, el núcleo de la película es en última instancia la relación del protagonista con sus dos hermanas, a las que no ve desde hace tres años, y el trío funciona a las mil maravillas, siendo obligado destacar la actuación de la joven Sophia Lillis, a la que descubrimos en el remake de It (Andy Muschietti, 2017) y que dota a su personaje de una sensibilidad y una ternura arrebatadores. Vida adulta se convierte pues en una grata sorpresa, de esas que te reconectan y que demuestran que también se pueden hacer bien las cosas sin necesidad de ser especialmente innovador.

Damos tras este revulsivo un salto hasta una de las últimas películas que vimos en el festival, Fremont, que cuenta la historia de una inmigrante afgana que ejerció de traductora del ejército americano y que ahora trabaja en una fábrica de galletas de la suerte. Jugando la baza del hieratismo como generador de humor, Fremont apuesta por el drama light con momentos de absurdo de una forma que, vista en perspectiva, parece citar sin disimulo el cine de Aki Kaurismäki. Lo barniza, eso sí, de una fotografía en blanco y negro en formato cuadrado que intenta reflejar ese mundo reducido y solitario que transita la protagonista. Pero no consigue, desde luego, la finura del afamado director finlandés y, en última instancia, conecta más con la primera propuesta de esta crónica, en el sentido de tener dificultades para trascender lo anecdótico, de construir múltiples capas en la narrativa o en los personajes. Tiene sus notas de simpatía, una estética correcta, pero suena por lo general a ya visto sin aportar demasiadas razones para verlo de nuevo.

Este es pues el agridulce balance de la primera tanda de cintas del Festival… Pero bien es cierto que más vale empezar en primera e ir acelerando que tirar cuesta abajo y sin frenos, así que ya veremos qué nos deparan los siguientes bloques de películas.

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