Nunca hubiéramos dicho que Disney fuera a encontrar su hueco en Sitges, pero en el fondo tiene todo el sentido del mundo, si consideramos que la obra de la factoría es eminentemente fantástica (y en su etapa clásica incluso contiene pinceladas de terror). Resulta pues todo un detalle que, aprovechando el centenario de la fundación de los Walt Disney Animation Studios, se proyecte una selección de sus cortos a modo de homenaje. Viene a presentarlo una delegada del estudio, dejando asomar un punto de celebración corporativa que, esta vez sí, choca un tanto con la idiosincrasia del festival y que, menos aún que al público habitual, trae sin cuidado a los niños que salpican las butacas del Prado. En cualquier caso, la sesión plantea un recorrido interesante, que empieza con antiguallas como una primigenia La cenicienta (Walt Disney, 1922) lanzada bajo el sello Laugh-O-Gram Studio, o una de las apariciones del precursor de Mickey Mouse, el conejo Oswald, en Un vagón en problemas (W. Disney, 1927), para culminar en la archiconocida El botero Willie (W. Disney y Ub Iwerks, 1928), protagonizada por la mascota de la casa, y cuyo uso del medio animado y establecimiento de una relación con el recién estrenado sonido sincronizado aún hoy resultan creativos.
Después llega la etapa dorada del estudio, de la que se proyectaron media decena de cortos, entre los que siguen destacando dos de las mejores piezas que ha producido: por un lado, El viejo molino (Wilfred Jackson y Graham Heid, 1937), que ganó el Oscar al mejor corto animado con su romántica y a la vez implacable visión de la naturaleza y con algunos efectos de paralaje que parecen ensayo o producto de la experiencia de Blancanieves y los siete enanitos (David Hand, 1937); por el otro, Limpiadores de relojes (Ben Sharpsteen, 1937), un slapstick con Mickey y compañía que, además de técnicamente impecable y con un precioso coloreado, es un non-stop de gags para todas las edades con un agradecido punto de mala leche. En comparación, el último bloque queda algo descafeinado, con algunas muestras del actual Circuito de Cortos de la casa que, si bien apreciables técnicamente, carecen de la sencilla alegría y las más mundanas pretensiones que predominaban en décadas pasadas. Si acaso, lo más destacable aquí sea posiblemente la conocida Paperman (John Kahrs, 2012), que consiguió su correspondiente estatuilla y que es una pieza de narración sin pegas, estéticamente intachable, pero que, como habíamos dicho, no llega a la altura de los grandes clásicos. En cualquier caso, un siglo después, no cabe sino agradecer profundamente el legado de Disney que, con sus más y sus menos, ha hecho avanzar el medio animado como pocos, ha llenado de felicidad la infancia de generaciones y ha dejado por el camino un reguero de auténticas obras de arte.
Nos cambiamos ahora a la animación moderna con Mars Express. Cyberpunk con denominación de origen francesa, se trata de un cuidado noir con trama criminal robótica, llena de persecuciones, localizaciones fantásticas, hackeos, misterios, engaños, revelaciones y trasfondo filosófico. El director, Jérémie Périn, lo es también de la sorprendente serie Lastman (2016), y parece haber digerido todo el anime del género -con la inevitable Ghost in the shell (Mamoru Oshii, 1995) a la cabeza- y haberlo mezclado con el bagaje novelístico occidental para conseguir una obra perfectamente cerrada, que además consigue encontrar un lugar estético propio, algo verdaderamente difícil tras cuatro décadas de abundantes muestras de dibujo futurista. Se trata, pues, de una de la novedades destacadas de la animación este año, cuya única desventaja importante es que a estas alturas cuesta ver una historia que use sus mismos ingredientes y suene realmente a nuevo.
Por último, la curiosidad del día es The Primevals de Dave Allen, una producción con décadas de historia a sus espaldas, que se rodó tras diversas vicisitudes a principios de los noventa y que no ha finalizado sus efectos especiales hasta este mismo año. El resultado es una obra totalmente fuera de su tiempo, llena de encanto añejo (a ver quién saca algo más auténticamente ‘retro’ que ésto) y que reclama el espíritu aventurero de las viejas películas. Un grupo de expedicionarios que viajan al Himalaya en busca del Yeti, lugares que remiten a El mundo perdido, civilizaciones largamente ocultas… The Primevals es puro cine de aventuras de serie B con sensacionales efectos especiales artesanales realizados en animación stop motion (la secuencia que abre la película habría hecho enorgullecer al mismísimo Ray Harryhausen por su fluidez y expresividad). La historia es sencilla y a la vez un tanto peregrina; las actuaciones, del montón; el contenido, blanco: en definitiva, el fruto de tiempos más felices. Es cierto que a ello se ha de sumar un ritmo no especialmente ágil y ciertas limitaciones de producción, pero aún así el público se deja encandilar por su nostálgico carisma, y no es para menos. Por más que no pasará a los anales de la historia, The Primevals es la muestra definitiva de tesón artístico (¡finalizada por el equipo dos décadas tras la muerte del director y creador de FX!), digna de ver en pantalla grande y con un tema musical de Richard Band que despierta sensaciones largamente olvidadas en la sala de cine.
Aprovechando que la hora es amable, pasamos el resto de la velada de cháchara y tomando algo, y no es hasta el momento de levantar el campamento que salta la noticia: Carlos Pumares ha muerto. Presentamos nuestros respetos al inefable periodista y crítico, que hasta hace poco deambulaba cada año por Sitges, por lo que cuentan su festival favorito. Los días que quedan van a estar salpicados de gente contando sus anécdotas junto a esta gruñona y carismática fuerza de la naturaleza. Desde el «¡Nos tratan como animales!» cada año en la sala de prensa hasta el «¡Pero cuándo van a poner una película de terror en este festival!» en medio de una proyección o el clásico «¡Este es mi sitio!» cuando alguien se sentaba en su butaca preferida. Nosotros recordamos con cariño una vez en que nos pilló por banda a la salida de una proyección para, después de ventilar la película con un breve comentario, empezar a despotricar sobre los motoristas que aparcaban en la acera. Nos vamos a dormir recuperando su desternillante y faltona reseña de Twin Peaks: Fuego camina conmigo (David Lynch, 1992) y nos reconforta ver, al día siguiente, que le han reservado su asiento en el Auditori. Descanse en paz.




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