Crónica Sitges 2023 (IV): Bucles y asesinatos

Nuestro refugio en los clásicos este año ha alcanzado picos históricos, pero qué de malo hay cuando se huelen vacas flacas y quedan tantos tesoros por descubrir y redescubrir en ignotos archivos cinematográficos. Es por eso que arrancamos un domingo muy dominguero con Angustia de silencio de Lucio Fulci (1972). El maestro italiano construye un suspense rural, en el que los asesinatos de unos niños en un pueblo de la región de Lucania atenazan a una pequeña comunidad, cerrada en su propio ecosistema, propensa a la superstición y en choque con las nuevas formas que poco a poco llegan desde la ciudad, representadas desde un buen comienzo por ese paisaje agreste que sin embargo está ya atravesado por una moderna autopista. Misterio que mezcla elementos del whodunit con el inevitable sello de los gialli y un trasfondo costumbrista, demuestra la maestría de Fulci con la cámara, su habilidad para magnetizar situaciones, componer pequeños juegos creativos (ese intermedio inesperado), bordear los límites de lo mostrable (quién puede matar a un niño…) y mantener vivo su enigma a lo largo de todo el metraje. Ahí es nada; y lo hace todo con una soltura y convencimiento que pocos tendrían con un material como el suyo. Así, salimos del Prado sabiendo que nunca nadie va a poder culparnos por escoger antes que nada una película del italiano…

…Y otra vez para adentro del casino Prado (hoy es uno de esos días en que no vamos a despegar el culo de sus butacas) para ver lo nuevo de Junta Yamaguchi, quien hace tan solo un par de años dio la campanada en el festival con su encantadora Más allá de los dos minutos infinitos (2020). Con River (ya rebautizada para su importación como Atrapados en un bucle infinito, que son ganas de complicarlo), continúa asignado a Noves Visions, si bien esperábamos que le hubieran hecho la gracia de incluirlo en la Sección Oficial. Misterios de la selección a parte, Yamaguchi parece volver aquí sobre su mismo universo bajo guión, una vez más, de Makoto Ueda (que parece tener cierta fijación compartida por los viajes en el tiempo) y reciclando también a su simpático reparto. Traslada ahora la acción de la ciudad a un pequeño valle lleno de posadas, templos y bosques y, en medio de esa tranquilidad, atrapa a sus personajes en la anomalía temporal de turno. Pero donde antes generaba una realidad que se veía alterada por la visión del futuro cercano, aquí los acontecimientos van evolucionando en base a la repetición continua de un corto período de tiempo. El resultado es una narración menos enrevesada que la de Más allá…, pero igualmente satisfactoria. Formalmente encapsulada en planos secuencia, el director encuentra a la vez fórmulas para airear una propuesta que anuncia su fecha de caducidad desde el comienzo. Y consigue así, cada vez que correría el peligro de fatigar al espectador con una nueva repetición del bucle temporal, dar un pequeño giro a la situación, hacer una nueva micro-revelación sobre algún personaje, enfocar la escena desde otro ángulo… Salteada de personajes carismáticos y con una progresión dramática que consigue hablar de temas universales, de la apreciación de lo pequeño y de la importancia de darse tiempo, es una experiencia esencialmente vitalista por encima de sus eventuales toques melancólicos. Al final, todo son aplausos; lo han vuelto a hacer: repitiéndose, y a la vez sin repetirse.

Rematamos la jornada con un Seven Chances, y qué le vamos a hacer si esta sección se ha convertido también en un apéndice de Sitges Clàssics, y hoy nos dan una de 1971. Como buscando el diálogo con nuestra sesión matutina, La última señora Anderson es una coproducción hispano-italiana ambientada en Reino Unido (y por qué no) con Eugenio Martín a los mandos, a quien el aficionado reconoce y respeta sobretodo por su clásica Pánico en el Transiberiano (1972). En La última señora Anderson cuenta la historia de un hombre acomodado que, quién sabe si por fatal casualidad o criminal astucia, se ha ido enriqueciendo a base de cobrar los seguros de vida de sus mujeres, que parecen caer como moscas. Investigándolo encontraremos a un imposible José Luis López Vazquez teñido de pelirrojo Scotland Yard, lo que da una idea de los curiosos malabarismos de la película. Personalidades cambiantes, relaciones tóxicas… también alguna que otra decisión cuestionable por parte de los personajes, Martín cuenta sin embargo con un potente sentido de lo narrativo, y consigue que este misterio con aires de giallo ambientado en casoplones ingleses se erija en un solvente entretenimiento. No diremos que se puede comparar con los grandes, pero a nadie le amarga un dulce…

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