Como ya anunciamos, como ya acostumbramos, octubre nos ve mudándonos temporalmente a la bonita (y carísima) localidad de Sitges, Meca del cinéfilo aficionado al cine de género. Y nos lleva a culebrear durante once días entre pases de novedades y retrospectivas, terrazas con compañeros de batalla y encuentros con los invitados de turno. Este año, en su 58ª edición, el Festival se presenta a priori más interesante que en las últimas ocasiones, y en las siguientes crónicas nos dedicaremos a ir desgranando qué propuestas dieron la talla, cuáles se quedaron en agua de borrajas y si descubrimos alguna cosa en los entresijos.
Nuestro refugio en los clásicos este año ha alcanzado picos históricos, pero qué de malo hay cuando se huelen vacas flacas y quedan tantos tesoros por descubrir y redescubrir en ignotos archivos cinematográficos. Es por eso que arrancamos un domingo muy dominguero con Angustia de silencio de Lucio Fulci (1972). El maestro italiano construye un suspense rural, en el que los asesinatos de unos niños en un pueblo de la región de Lucania atenazan a una pequeña comunidad, cerrada en su propio ecosistema, propensa a la superstición y en choque con las nuevas formas que poco a poco llegan desde la ciudad, representadas desde un buen comienzo por ese paisaje agreste que sin embargo está ya atravesado por una moderna autopista. Misterio que mezcla elementos del whodunit con el inevitable sello de los gialli y un trasfondo costumbrista, demuestra la maestría de Fulci con la cámara, su habilidad para magnetizar situaciones, componer pequeños juegos creativos (ese intermedio inesperado), bordear los límites de lo mostrable (quién puede matar a un niño…) y mantener vivo su enigma a lo largo de todo el metraje. Ahí es nada; y lo hace todo con una soltura y convencimiento que pocos tendrían con un material como el suyo. Así, salimos del Prado sabiendo que nunca nadie va a poder culparnos por escoger antes que nada una película del italiano…