Ahora que ya hemos salido todos prácticamente sin excepción de las vacaciones navideñas (algunos con encuentros virulentos de por medio), toca hincarle el diente al nuevo año. Y, aunque ya hayamos superado el primer viernes de estrenos, también se sabe que un mago nunca llega tarde ni pronto, sino exactamente cuando se lo propone. Así que aún estamos a tiempo de hacer tres recomendaciones que empiezan justo este fin de semana a desvelarse de forma gradual en las salas. Tenga el lector en mente que las prescribe un espíritu que no se ve capaz de comenzar el 2026 con el ominosamente traumático drama de Hamnet (Chloé Zhao), película que apunta alto sin embargo tanto en calidad como en futuros premios. Pero no podemos sino desear algo más suave, y que cada uno valore cómo están sus tripas:
- Nouvelle Vague de Richard Linklater (estreno viernes 9): Pese a que no somos público habitual de recreaciones de este tipo, el avance de la segunda película en pocos meses del hiperactivo Linklater nos ha transmitido una energía difícilmente resistible. Y eso que estamos convencidos de que Godard, el personaje protagonista de esta recreación del París que vio nacer Al final de la escapada (J. L. Godard, 1960), aborrecería completamente del filme desde su propia concepción. Pero qué le vamos a hacer, este es el potencial primer placer culpable del 2026.
- 28 años después: El templo de los huesos de Nia DaCosta (estreno viernes 16): …Y poco tarda en llegar el segundo. Porque, si bien el cambio de director traiga consigo una probable rebaja en la apuesta estética, 28 años después (Danny Boyle, 2025) nos pareció tan vibrante -pese a su esperpéntico final-, que no podemos sino acercarnos con curiosidad e incluso emoción a la continuación de esta sorpresiva trilogía de secuelas que se han montado alrededor de nuestros infectados favoritos, y que parece todavía conservar cierto nervio y fuste narrativo.
- Marty Supreme de Joshua Safdie (estreno viernes 30): Ahora sí, una película 100% acorde a la temporada de premios que nos atrevemos a abordar. Porque este biopic del jugador de ping pong Marty Reisman parece estar filmado con brío en vez de la pereza habitual en el género y porque la actuación de Timothée Chalamet -que se ha imbuido del egocentrismo de su personaje durante la promoción, a riesgo de hacerse más repelente de la cuenta- transpira un magnetismo y mimetización con el sujeto de estudio que pocos intérpretes de su generación son capaces de alcanzar.
