Crónica Sitges 2025 (V): De la humildad a la ostentación

Siempre hay ciertas películas que uno no sabe si le han gustado o no, o en qué grado. Es esa escala de grises que a veces no se disipa (si es que lo hace) hasta un segundo visionado. Nosotros esperábamos que bastara con unos días para aclarar la mente al respecto, pero a día de hoy todavía no tenemos claro qué pasa con Dawning de Patrik Syversen. Apadrinada por SpectreVision, la productora de Elijah Wood, esta cinta noruega comienza como un Bergman moderno, con tres hermanas reunidas en una casa de campo con la intención de dar apoyo a una de ellas, que ha intentado suicidarse. Como es de esperar, las tensiones están a flor de piel, y todo ello va fluyendo con interés, en el marco de un drama rodado en elegante blanco y negro de formato cuadrado. Pero, como también era de esperar estando en el festival que estamos, la película toma un quiebro (preferimos no desvelarlo), y es aquí cuando comienzan nuestras dudas; porque no tenemos claro si tiene demasiado sentido ese giro al género, si realmente era necesaria tanta construcción previa, si todo esto lleva a algún lado… Dawning consigue ser chocante en su estructura, sí, y también está bien dirigida, pero todavía no hemos discernido su foco, su propia razón de ser. Y eso no nos da muy buena espina…

Por otro lado está ChaO, nuevo anime de la factoría Studio 4ºC, que en esta ocasión se lanza al romance cómico, y que pide una total entrega por parte del público, si bien es una entrega gozosa, consistente en dejarse llevar por el disparate. Y es que la historia de un mundo en el que conviven humanos y sirenas, y en que Stefan, un oficinista cualquiera, se ve empujado de la noche a la mañana a casarse con una princesa sirena, lanza desde el primer minuto tal cantidad de extravagancias y razonamientos impulsivos y sin sentido, que la única opción es aceptarlo todo como venga. Y puede hacerse y disfrutar del despliegue de imaginación, de colores y de animaciones exageradas y llenas de personalidad. Y sólo diremos que nuestras reservas vienen del enfoque tradicionalista y sexista que arrastra el cuento. Resulta curioso que una animación tan moderna tenga un trasfondo tan conservador. Y parte de él (lo relativo al súbito romance) queda mejor justificado hacia el final de la película, e incluso resulta emocionante. Pero el resto puede ser algo más difícil de digerir. Con todo, si se es capaz de abstraerse de las segundas capas de lectura, de tomarlo como una alocada versión de algún cuento clásico y no juzgar su ideología, lo que queda es una película de dibujos muy libre, llena de gags en segundo plano, personajes encantadores y buenos sentimientos.

Vamos a seguir dando bandazos en tono y formas a lo largo del día, pero eso es en parte a lo que hemos venido aquí. Y ahora nos toca cambiar de tercio para saldar una pequeña deuda pendiente: ya hace años que se pasean por Sitges, y se han convertido en unos fijos de la sección Panorama, pero no es hasta hoy que entramos en contacto con los Adams y su cine hecho en familia. Caso particularísimo dentro del cine independiente y de terror, el núcleo duro de nuestra siguiente película, Mother of flies, lo componen John Adams, Toby Poser y su hija Zelda Adams, que escriben, dirigen, fotografían, interpretan (junto a su otra hija Lulu) y hasta ponen los efectos especiales y la música. Es su modus operandi habitual desde Rumblestrips, allá por 2013. En esta ocasión, un padre y su hija con una enfermedad terminal piden ayuda a una bruja como último cartucho tras haber agotado la vía médica. El relato se explaya en la ritualística de esta mujer que vive aislada de la civilización y en el dibujo de un personaje ante la presencia inminente de la muerte. Mother of flies no intenta por tanto ser espectacular, ni hacer grandes alardes de terror, sino crear una pieza atmosférica y bien escrita, y lo consigue con creces. Se trata de una obra modesta pero muy bien acabada, y una muestra sorprendente de cine de bajo presupuesto que llega más lejos que muchas otras producciones que se pueden ver aquí mismo, con más medios y el apoyo de nombres conocidos. Así que nos quedamos con ganas de seguirle la pista a esta cuadrilla de apasionados del cine cuyas representantes en el festival, Toby y Lulu, son verdaderamente encantadoras.

Y qué mejor para hablar de medios que atacar la nueva versión de Drácula que presenta Luc Besson, el director francés internacional y comercial por excelencia. Nacida del deseo de volver a trabajar con el magnético Caleb Landry Jones tras su colaboración en Dogman (2023), Besson decide volver sobre un clásico visto y revisto, por el cual siente un interés muy limitado, con intención de hacer énfasis en el aspecto romántico del príncipe Vlad, ese vampiro que busca durante 400 años a su amor perdido. Siendo sinceros, el resultado no hay por dónde cogerlo. Desde una introducción que es de un meloso y con un dibujo de personajes ridículo, hasta ideas peregrinas como la introducción de unas gárgolas vivientes en el castillo de Drácula o la creación de un perfume de efectos mágicos sobre el género femenino, la cinta va encadenando despropósitos, entrelazados con fragmentos burdamente copiados de la versión noventera de Francis Ford Coppola. Y, sin embargo… no puede negarse que el resultado es entretenido. Seguramente sea por la inevitable curiosidad de ver cómo se engarza la historia clásica con toda esa desvergüenza, por el disfrute de ver al protagonista o a Christoph Waltz atrapados enmedio de este caos, o por el sorprendente uso de un humor no siempre acertado, pero en cualquier caso voluntario. Es decir, estamos ante una versión buscadamente kistch e irreverente, pero también más petarda de lo que pretende y llena de ideas fallidas, que ni siquiera consigue desarrollar con tino esa tragedia romántica que estaba en el núcleo del proyecto. La de Besson se encuentra sin duda entre las peores adaptaciones de Drácula, pero para quien busque pasar un buen rato con cervezas y no tenga demasiado fina la piel mitómana, siempre será divertido ver cómo se han gastado los millones en un sinsentido de estas dimensiones.

La dosis de post-modernismo nos ha despertado, lo que nos permite asistir con cierta energía a la única sesión golfa que tenemos prevista este Sitges. Lo hacemos por ver lo último del japonés Yûta Shimotsu, que con su ópera prima Best wishes to all fue el que nos hizo renovar nuestras esperanzas en el cine nipón, que intentamos contrastar en la edición de este año. Hoy presenta New Group, que la organización define como adaptación apócrifa de las perturbadoras viñetas del mangaka Junji Ito. Se trata de una producción con más medios y que sin embargo es igual de extraña (si no más) que la anterior. Y eso que, en esencia, no deja de ser su versión de La invasión de los ladrones de cuerpos, una historia que se adapta perfectamente a los tiempos de alienación digital capitalista que vivimos. Pero aquí, la corriente uniformizadora se presenta en forma de construcciones gimnásticas a las que se van sumando individuos sin parar. En la buena tradición del bizarro japonés, el concepto de fondo es sencillo, pero las formas de presentarlo son demenciales. Y por eso lo hacen tan divertido, por eso dejan perplejo y por eso el mensaje llega finalmente con más intensidad, si no más claridad. Parece que Shimotsu está dispuesto a dominar estas paradojas del cine moderno de su país, y tras haber pasado de nuevo un sorprendente rato a su lado (y con fuertes reminiscencias también a The Faculty -Robert Rodríguez, 1998-), esperamos con ganas la siguiente idea que se saque de la chistera.

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