Como ya anunciamos, como ya acostumbramos, octubre nos ve mudándonos temporalmente a la bonita (y carísima) localidad de Sitges, Meca del cinéfilo aficionado al cine de género. Y nos lleva a culebrear durante once días entre pases de novedades y retrospectivas, terrazas con compañeros de batalla y encuentros con los invitados de turno. Este año, en su 58ª edición, el Festival se presenta a priori más interesante que en las últimas ocasiones, y en las siguientes crónicas nos dedicaremos a ir desgranando qué propuestas dieron la talla, cuáles se quedaron en agua de borrajas y si descubrimos alguna cosa en los entresijos.

Para comenzar, las dos primeras jornadas del certamen fueron tirando a discretas. Y es que la inauguración a cargo de Julia Ducornau, que destacó aquí con su ópera prima Crudo (2016) e impactó con su siguiente Titane (2021), resulta una notable decepción. Si bien tiene un pequeño grupo de defensores sorprendentemente entusiastas, lo cierto es que su nueva película, Alpha, no convence a casi nadie. Drama familiar sobre una hija rebelde y una madre acuciada por el recuerdo de su hermano heroinómano, que proyecta continuamente sobre ella, aborda desde la intimidad la epidemia del SIDA, aquí reformulada como virus que convierte progresivamente a los pacientes en mármol. Pero sus eventuales hallazgos -como esa misma representación de la enfermedad, de evidente fuerza poética- no consiguen sobreponerse a una concatenación de secuencias repetitivas, situaciones sin gran interés y personajes que van dando bandazos sin ton ni son aparente. La ausencia de foco es patente, y no hace falta que corran demasiados minutos de metraje antes de que uno desconecte de la pantalla. Para cuando finalmente se aúnan la herencia cultural amazig de las protagonistas y esa metáfora del VIH ya es demasiado tarde, porque no se ha construido la conexión emocional necesaria con el espectador, agotado por un tono que intenta alejarse (sin conseguirlo del todo) del telefilm de sobremesa a costa de hacer distantes a sus personajes. Como mínimo, la directora afirma estar auténticamente satisfecha con el resultado del filme, que ha rodado con total libertad. Algo es algo…
Sorprendentemente, la película inaugural de la sección Panorama -cajón de sastre que acumula cintas fallidas salteadas de pequeñas perlas- resulta mucho más efectiva, pese (o gracias a) sus aspiraciones más modestas. Se trata de Shelby Oaks, de Chris Stuckmann. El primer largo de este crítico de Youtube bebe del found footage, pero no lo usa como único recurso, sino como fuente de partida (con un arranque verdaderamente conseguido) y elemento de acompañamiento. Consigue de esa forma generar una atmósfera inquietante de lo más resultona alrededor de la historia de una mujer que busca a su hermana desaparecida en extrañas circunstancias. ¿Secuestro, asesinato, fenómeno fantasmagórico? La cinta progresa entre las diferentes posibilidades y consigue mantener la atención de forma continuada. Con la ya de culto Lake Mungo (Joel Anderson, 2008) como uno de sus principales referentes, Shelby Oaks no descubre la sopa de ajo, pero mezcla acertadamente sus variados ingredientes, consigue algunos momentos de notable tensión y traspira el cariño con el que sin duda se ha realizado.
Interesante resulta también la austríaca Mother’s baby de Johanna Moder, un angustiante relato sobre la maternidad, en el cual una mujer comienza a sospechar que su bebé (nacido gracias a un proceso de inseminación artificial) no es realmente suyo. Con unas solidísimas interpretaciones de Marie Leuenberger, Hans Löw y un perturbador Claes Bang como ginecólogo milagroso, la película podría definirse como un suspense dramático, que convierte situaciones cotidianas en aterradoras. Por momentos una versión costumbrista de La semilla del diablo (Roman Polanski, 2025), puede que su desarrollo se alargue un poco de más, precisamente por ese detalle en el retrato de la cotidianeidad de unos padres primerizos y potencial pareja en crisis. Y, a la vez, es posible que sus momentos de mayor fuerza provengan de esa progresiva y constante construcción de una normalidad de tintes claustrofóbicos. En definitiva, una apreciable adición a la Sección Oficial, que será mejor que eviten aquellos que tengan o esperen pequeños retoños.
Para terminar, reseñar dos películas japonesas que se han quedado a medio camino. La primera, Transcending Dimensions de Toshiaki Toyoda, una propuesta que nos llamó mucho la atención pero que en la práctica se antoja una excentricidad sin demasiada razón de ser. Y es que a lo largo de los años ya hemos visto (y disfrutado) muchas excentricidades niponas; pero esta, pese a su jugueteo con la temática que le da título, no parece aportar mucha cosa a lo largo de su hora y media. Quién sabe, puede que introduciéndose un poco en la obra previa del director cobre mayor sentido; pero por el momento, sus sugerentes paisajes sonoros y movimientos de cámara giratorios no son suficientes para convencernos. La segunda es Blazing Fists de Takashi Miike, que por lo visto vuelve a dirigir a velocidad de crucero (presenta también este año Sham, relegada al pequeño Escorxador, por lo que entendemos que la que nos ocupa es ‘la buena’ a ojos de la organización). Esta historia de jóvenes pandilleros que expresan sus sentimientos a base de leches conecta con el Miike más cañero dentro de lo comercial, llegando a citar, literalmente y cameo mediante, sus Crows Zero (2007 y 2009). Sin embargo, no puede negarse que le falta algo del brío de aquellas y que su desarrollo es demasiado esquemático. Agradará a los fans, puede que atrape a algún desconocedor de cómo trabaja la acción el realizador (nadie rueda las patadas y puñetazos como él), pero sin duda no se sitúa entre sus mayores logros.





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