La muerte, la pérdida, lo decadente, lo melancólico… Son materias de las que el cine independiente se nutre habitualmente, y seguramente de una forma más extensiva y abierta que el comercial. Los enfoques son variopintos y este año nos hemos acercado a un puñado de propuestas que recogen algunos de ellos. Por ejemplo:
Sobre Ghostlight planea el fantasma de una pérdida muy cercana. El protagonista, un obrero de la construcción, parece sobrellevarlo con estoicismo, mientras su hija adolescente se revela y su matrimonio sobrevive gracias a un genuino amor que, sin embargo, podría no ser suficiente. Y en estas que el susodicho se topa con una compañía de teatro amateur y descubre una inesperada válvula de escape para sus sentimientos soterrados. Los directores Alex Thompson y Kelly O’Sullivan (también guionista) transitan por esta historia de duelo y autodescubrimiento con habilidad, sin estridencias, apoyándose en un libreto que desgrana poco a poco sus elementos dramáticos, con unos personajes de una humanidad muy cercana y que evita los fuegos artificiales así como dosifica el dramatismo de forma que la película puede alcanzar momentos emocionantes, pero sin la sensación de que le están forzando la lágrima al espectador. Ghostlight parece entroncar con el cine dramático europeo, pero con un toque de calidez más propio del norteamericano. Es una película amable y que no rompe moldes, pero que consigue tocar la fibra con los elementos justos.
En Look into my eyes, por su parte, el punto de vista cambia 180 grados, ya que explora la muerte desde la espiritualidad y el espiritismo. Disponible ya en televisión bajo la ramplona traducción Sesiones con el más allá, nos muestra a diversos médiums a través de sesiones con clientes, entrevistas y visitas a sus casas. ¿Charlatanes o videntes? El foco de este estupendo documental se encuentra más bien en el factor humano, en acercarnos a unas personas con una cierta sensibilidad por un lado y a otras que se plantean preguntas y buscan respuestas mientras transitan sus propias pérdidas, inseguridades e incertidumbres por el otro. No trata, pues, Look into my eyes de sentar cátedra, o analizar al microscopio la fiabilidad o autenticidad de estos sensitivos (que, por lo menos, parecen personas con una verdadera vocación de ayuda), sino poner en valor nuestra vulnerabilidad como humanos y nuestra necesidad de buscar conexiones que van más allá de nosotros. Sin necesidad de grandes alardes técnicos, la documentalista Lana Wilson consigue una pieza que engancha, emociona y está llena de compasión. Cine humanista y curativo.
Para acabar, una suerte de película-trampa: Eephus. Porque no trata de la pérdida de una persona, sino de un espacio comunal: un grupo de hombres ya talluditos se encuentra los domingos en un campo de béisbol público para jugar sus partidos y, sobretodo, pasar el día y mantener el contacto entre ellos. Sin embargo, este es el último domingo que van a poder cumplir con su ritual, ya que el terreno sobre el que juegan va a utilizarse para construir un nuevo instituto. Eephus es una comedia calmada, que gusta de dibujar a sus personajes como un grupo y reivindica los espacios de encuentro, la gente sencilla y la conservación del espíritu lúdico infantil. Huye del dramatismo así como del gag exagerado y desarrolla su tono entorno al devenir lánguido del partido y a los peculiares perfiles que se cuentan entre las filas de ambos equipos. Uno sale del cine sintiendo que ha pasado un día de domingo cualquiera con este grupo de desconocidos y sintiendo esa extraña nostalgia por las viejas costumbres que perdemos con los años, la inercia y las circunstancias de la vida. Este es nuestro último réquiem de este año; uno que, a la vez, celebra aquello mundano como máxima expresión del estar vivo.


