Crónica Sitges 2023 (I): De rectitud y vicio

Como cada octubre, pero cada vez con más calor, llegamos a la 56ª edición del Sitges Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya. Sin grandes propuestas que nos quiten el sueño, pero contentos con una selección de títulos que tienen el potencial para dar la campanada, amanecemos el primer jueves del certamen con la acreditación puesta y, eso sí, muchas más ganas que de costumbre por ver la película inaugural de este año. Y es que, en un alarde de buen gusto, el festival ha escogido lo nuevo de Paco Plaza, Hermana Muerte, para dar el toque de salida a las proyecciones que van a abarrotar las salas durante once días.

Se trata de una oportunidad única de ver la película en pantalla grande ya que, por desgracia, está producida por Netflix y no va a gozar de estreno en salas. Lo cual es una verdadera lástima, teniendo en cuenta que desde aquí siempre hemos defendido a Plaza como uno de los directores más interesantes del panorama cinematográfico español. En cualquier caso, su spin off de Verónica (2017) comienza con una fantástica y sugerente introducción (pese a los problemas de sonido que estropean los primeros minutos de proyección), que eleva varios enteros el nivel medio de las inauguraciones de los últimos años. Este primer segmento en blanco y negro, que nos hace pensar en una versión tenebrosa de Las Hurdes (Tierra sin pan) de Luis Buñuel (1933), da paso a la imagen limpia de un convento, lugar en el que se va a desarrollar toda la trama de Hermana Muerte. Y ese espacio conventual filmado eminentemente a la luz del día, mezclado con un cásting que se mueve entre lo espontáneo y ciertas reminiscencias al antiguo cine italiano, generan una tonalidad verdaderamente interesante sobre el que se desarrolla una historia de fantasmas clásica, pero resuelta con impecable dirección cinematográfica. Puede que el remate argumental de Hermana Muerte no sea todo lo innovador que quisiéramos, pero en compensación aporta una construcción audiovisual que mezcla con pasmosa facilidad lo terrorífico con lo poético. Es esa efectividad -que eclosiona aquí, pero que está presente a lo largo de toda la cinta- para maridar lo efectivo a nivel genérico con lo plástico a nivel cinematográfico (lo profano con lo divino, podríamos decir en este caso) lo que hace grande al cine de Plaza. Alguien que trabaja siempre desde la humildad del artesano pero con la elegancia del maestro.

Así las cosas, no es de extrañar que, por divertida que sea nuestra siguiente película, nos sepa a menos. The Childe ha sido nuestra escogida para representar el cine de acción coreano en esta edición (no vaya a ser que acabe por zamparse el resto de parcelas del festival). Dirigida por Park Hoon-jung, que tuvo bastante éxito hace unos años con su New World (2013), la historia de un kopino (mitad coreano, mitad filipino –sic-) que se mete en líos por viajar a Corea para encontrar a su padre perdido, con el objetivo de ayudar a su madre gravemente enferma, tiene la virtud y el defecto de contar con un tono sorprendentemente errático. Se mezcla la acción con personajes y situaciones cómicas que rozan lo extravagante, pero a la vez también hay pasajes tensos e incluso dramáticos. Consigue buenos momentos en cada uno de esos frentes y aporta diversas ocurrencias que evitan que la película caiga en lo rutinario. Sin embargo, le acaba pesando un protagonista de piedra, que se pasa toda la cinta huyendo con cara de susto (no es para menos, pero aún así resulta una lástima teniendo en cuenta su trasfondo de boxeador) y la ya mencionada falta de cohesión. Por mucho que se le deba reconocer el esfuerzo por ofrecer una variante sobre la fórmula habitual, no podemos evitar la sensación de que empieza a notarse cierta fatiga en ella. Ya se sabe, todo es cíclico, y la buena racha del thriller coreano no iba a ser la excepción.

Completando, ya tras la cena, un triplete inaugural en el Auditori del Hotel Melià, nos lanzamos con morbosa curiosidad sobre Caligula – The Ultimate Cut. En la vídeo-presentación que envía el artífice de esta edición, el historiador Thomas Negovan revela que ha remontado hasta el último minuto de la polémica cinta acudiendo al material original, tanto en película como en sonido directo, para intentar reconstruir una obra que ha fascinado al público durante décadas, respetando el guión del novelista Gore Vidal y dignificando las actuaciones de su estelar reparto. Por lo visto, el director principal de la película, Tinto Brass, sigue sin dar su aprobación sobre este corte, así que sigue habiendo margen para acrecentar el estatus de culto de una de las producciones más extravagantes de la Historia del cine; pero lo cierto es que el resultado del trabajo de Negovan es fascinante. Se resaltan las intrigas, los diálogos y las interpretaciones por encima del contenido erótico (que sigue sin embargo muy presente) y pornográfico (que, éste sí, ha desaparecido para póstuma pena del fundador de Penthouse y productor-director accidental, Bob Guccione). Y ahí quedan para aderezarlo todo unos escenarios de escala operística, melodías misteriosas, gasas y colores nunca vistos, actuaciones desatadas (Malcom McDowell está espectacular), desnudos por doquier… que otorgan al conjunto un ambiente de ensoñación febril como no se ha visto. Casi cincuenta años después de su producción, Caligula sigue siendo un rara avis que da qué hablar; y nos vamos a dormir con la sensación de haber visto algo único, irregular, bello, excesivo, enfermizo… casi inexplicable.

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