Crónica Sitges 2020 (VII): En busca del fin de fiesta perdido

Llega nuestra última jornada en Sitges y, por si ello no fuera disgusto suficiente, las nuevas medidas contra el Covid hacen saltar por los aires la sesión que teníamos programada para esta madrugada de sábado. Tras The Void (2016), teníamos muchas ganas por ver el siguiente proyecto de Steven Kostanski, Psycho Goreman -que, por otro lado, no entendemos cómo no ha pasado el filtro para entrar en la Sección Oficial del Festival. Para más inri, hace un par de días la película fue retirada de la plataforma online, así que vaya usted a saber cuándo tendremos ocasión de disfrutarla. Los que la han visto afirman que es toda una fiesta, y parece que el recopilatorio de relatos The Mortuary Collection (Ryan Spindell), que la acompañaba en esta sesión de Midnight X-Treme, también ha resultado ser un buen entretenimiento.

Con ese gusanito dentro, decidimos ir a una matinal como sustitutivo. Y lo que hay es May the devil take you too, del indonesio Timo Tjahjanto. Tjahjanto nos encandiló con su fragmento de V/H/S/2 (2013) y con la cinta de acción The night comes for us (2018). Así que nos metemos a ver su secuela de May the devil take you/Que el diablo te lleve (2018) sin haber echado un ojo a la original -que en su día quedó también relegada a la sección Midnight X-Treme. Aunque nos habían dicho que no era necesario ver la primera para seguir ésta, nos queda la sensación de que sí que pasa algo de factura. Porque el primer acto da por conocidas algunas cosas que, si bien no necesarias para la trama, afectan a la inmersión en la cinta. Sin contar con que la protagonista repite. Y claro, uno tiene que venir empatizado desde casa, porque la película no se encarga de volver a ponerla en contexto. De manera que una de las piezas claves del juego nos da un poco igual. Pero aquí hemos venido sobretodo por las escenas de terror. Y son tan adrenalíticas como cabría esperar por lo que hemos visto de su director. La maldición de turno (y nos damos cuenta de la cantidad de películas con espíritus malignos de por medio que hemos visto en esta edición) se materializa en forma de demonios a la Sam Raimi. Con ruido, motricidades imposibles, mala leche y cámara enloquecida. Tjahjanto no decepciona, su energía sigue intacta. La parte más dialogada de la cinta, eso sí, no es demasiado atractiva, ni los personajes están especialmente bien perfilados. Es como ir a un parque de atracciones y, entre montaña rusa y montaña rusa, tener que subir en tres tiovivos. Aún así, a la salida uno siempre puede decir que ha montado en el Dragon Khan.

Nos queda todavía una de las apuestas arriesgadas del festival, Tin Can. Ciencia ficción minimalista en la que la protagonista, que investigaba una extraña infección fúngica causante de una pandemia -vaya por Dios-, se despierta en una cápsula de criogenización tras no se sabe cuánto tiempo. Quién la ha metido allí, qué está pasando fuera y qué van a hacer con ella es el quid de la cuestión. El problema es que la película tiene un ritmo tan moroso, y a la vez está contada de una forma tan confusa con la intención de darle misterio al asunto, que acaban por dar igual las respuestas a todos esos interrogantes. Y no será porque la claustrofobia de la primera parte no está conseguida, o porque no haya algunos diseños futuristas de esos que nos dan un gusto extraño y malsano… Pero está todo tan alargado, y se esconde tanto la información, que al final uno tiene la sensación de que en realidad no había demasiado por contar. Y lo que pretende ser ominoso, inquietante y estimulante, resulta simplemente tedioso.

Afortunadamente, nos hemos asegurado el tiro para nuestro particular final de fiesta, y toca Spookies. Cinta petarda de 1986, auténtica carne de videoclub, de producción accidentadísima (firman tres directores) y resultados difícilmente descriptibles, Spookies destila cutrez en la misma medida que encanto. El único problema que tienen a veces este tipo de películas es que pueden ser llanamente malas, y entonces la experiencia de verlas es simplemente aburrida. Pero hay en ésta la suficiente cantidad de ideas mezcladas con batidora, de personajes cada uno a su bola, de bichejos que aparecen sin ton ni son, como para crear un auténtico esperpento, y hacer de ella una gozosa experiencia grupal, capaz incluso de sobreponerse a los conoisseurs avanzados de turno -ponga dos o tres en cada una de sus proyecciones- que siempre sueltan la carcajada afectada cuando todavía están dentro los créditos iniciales. Pero en Spookies hay detalles para todos los gustos: montaje caótico, comportamientos inexplicables de los protagonistas, líneas de diálogo de saldo, maquillajes carismáticos, muñecos resueltos regular, ‘disimulados’ plagios a otros éxitos del momento… El que no lo pasa bien es porque no quiere. Es de las malas malas; de las malas buenas, vaya. Y si se puede acabar un Festival de Sitges así, en un cine Prado lleno de ambiente, con amigos, entre risas, y entregados al fantástico más desacomplejado, por qué hacerlo de otra forma. Tan solo esperamos que el año que viene, cuando volvamos, el mundo sea un poco más luminoso, que Sitges sea aún más Sitges y que podamos volver a disfrutarlo como siempre. Nos vemos entonces.

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