Crónica Sitges 2019 (VI): Fuera de onda

Parece que el tiempo se acelera tras el ecuador del festival, como si de una batería de móvil en descarga se tratara. El tiempo y el espacio son relativos, y por ahí transita Synchronic, de Justin Benson y Aaron Moorhead. Tras la estupenda El infinito, tenemos ganas de ver cómo encaran su nueva propuesta, y lo primero que podemos percibir es que van en carrera ascendente. Synchronic es una de las pocas películas de este Sitges que aparentan un presupuesto holgado y que cuentan con caras relativamente populares al frente. Más allá de estas cuestiones, tal vez superfluas, constatamos que el tándem de directores sigue teniendo buen gusto para las imágenes, y su película cuenta con una de las texturas más sólidas que hemos visto. Centrada en las problemáticas personales de sus dos protagonistas, Anthony Mackie y Jamie Dornan, la droga que da nombre a la película actuará de catalizador de las mismas, a la vez que introduce la fantaficción en la trama. Synchronic es más satisfactoria en su planteamiento, a caballo entre el drama y el misterio, que en su tramo final, de aire aventurero, que se ve limitado por ciertas fórmulas con las que intenta acercarse al estándar comercial. Se alza en definitiva como un entretenimiento sólido, que podría haber llegado lejos con un poco más de atrevimiento.

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Y hablando de atrevimiento, un nuevo documental, Making the waves: The art of cinematic sound, intenta poner en valor a los pioneros del diseño de sonido, esa mitad de las dos que conforman una película que suele pasarse por alto. Siempre es bonito ver cómo se reivindican figuras como la de Walter Murch o Gary Rydstrom, que tanto han aportado a las cintas en las que trabajaron, y que han generado auténticos estándares a la hora de entender el sonido en una película. Sin embargo, tras el anecdotario, el repaso histórico y los agradables paseos por los puntos de inflexión que supusieron las películas de Lucas y Coppola, el documental baja enteros con una segunda mitad mucho menos sugerente. Se dedica a describir la anatomía de la pista sonora, algo que llegados a este punto resulta un tanto anticlimático, empieza a disparar referencias menos interesantes con ánimo descriptivo y, en ese afán por abarcar todos los ámbitos posibles, incluso encasqueta algunas notas de diversidad racial y de género, que por contraste parecen metidas con calzador. Con todo su didactismo, interesante para cualquiera que quiera saber un poco más del tema, Making the waves habría funcionado mucho mejor si hubiera sido capaz de entrelazar la parte histórica con la ‘taxonómica’, o bien si se hubiera centrado tan solo en una de ellas.

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Este es otro de esos días en los que cuesta encontrar hueco para comer, y acabamos por meternos a la sesión del mediodía con el buche vacío. Los ruidos en el estómago nos van a acompañar durante todo Patrick. Y, aún así, salimos muy contentos, con la sensación de haber visto una de las mejores películas del festival. En resumen, Patrick es la historia de un hombre que se obsesiona con un martillo perdido. Ni más, ni menos. Parece material para una simple anécdota, para un corto bastante corto. Pero los aderezos le van dando cuerpo: Patrick no tiene muchas luces. Vive en un cámping nudista. Su padre, el gerente, está en las últimas. Y así, se va construyendo un entorno rico en colores (si bien la paleta de la película se centra en la gama de marrones, el color de la madera que al protagonista tanto le gusta trabajar) y matices. Patrick se pasea por esta comunidad de vecinos sui generis intentando encontrar su preciada herramienta, y tal vez a sí mismo. La hierática interpretación de Kevin Janssens es para enmarcar, y el desfile de personajes y situaciones peculiares mantiene constantemente el interés. Pero lo mejor de todo es que el director belga Tim Mielants, fogueado en la televisión, sabe manejar estos ingredientes para que se mantengan siempre en una fina línea que permite combinar el verismo emocional con la parodia, lo que convierte su película en algo verdaderamente especial. Nunca volveremos a ver los martillos de la misma manera.

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Para rematar el día, y tras un comistrajo a correprisa, vamos a ver Nina Wu, otra de esas elecciones basadas en la intuición de que podemos encontrar una de las joyas ocultas del festival. Finalmente no da para tanto, pero vemos una buena película. Llegada desde Taiwán, Nina Wu nos presenta una de aquellas historias de artistas que se rompen. En este caso es la actriz del título, cuyas vulnerabilidades se comienzan a destapar y a afectar la psique cuando acepta participar en un thriller erótico que ha suponer un revulsivo para su carrera. Explicada con calma y encuadre preciso, el director Midi Z se permite alguna que otra filigrana con la cámara y le da empaque estético a la película. Por un lado, la elegancia de la misma es incontestable; por el otro, el conflicto al que se ve abocada su protagonista está algo manido. Y aunque cuenta con un giro final bastante interesante, Nina Wu aqueja más que nuestra anterior película la ausencia de elementos de género, algo tal vez guiado por nuestras expectativas de encontrar en ella un aliento a giallo que no acaba por concretarse, o tal vez porque simplemente le faltan algunos toques de auténtica originalidad que le aporten la chispa que esperamos.

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